lunes, 4 de enero de 2016

LA TRAGEDIA, EL ESCRITOR Y LA HOJA EN BLANCO



Los griegos, a finales del siglo VI aC fueron los creadores de la tragedia, esa maravillosa escenificación de los grandes sufrimientos humanos.
En un principio le confirieron un profundo sentido religioso, dado que la obra trágica nació como representación del sacrificio de un chivo expiatorio en el culto de Dionisios, divinidad protectora de la vida y símbolo del placer, el dolor y la resurrección.
Durante la época de la vendimia, en su honor se cantaban a coro distintos himnos llamados ditirambos.
Parece que el primer trágico célebre fue Tespis, que triunfó en el año 536 a.C. en el Primer Concurso Trágico instituido por Pisístrato. Entre las innovaciones que introdujo Tespis, la máscara griega dejó de lado el bestiario fabuloso y la tragedia adquirió un tenor más humano.
A comienzos del siglo V a.C, la tragedia ya había tomado una forma dramática estable y  los personajes se veían enfrentados a fuerzas que operaban en su contra, causando inevitablemente su destrucción.
Aristóteles en su Poética  se abocó a definir la tragedia y la función social que le depara, a la cual denominó catarsis,  que significa purificación o purgación. O sea, la purga de los terribles sentimientos que la obra desata en el espectador, para así equilibrarlos.
Hijo mío es una tragedia que escribí a finales de 2015.
Consta de 4 escenas que valdrían por los cuatro episodios de las tragedias clásicas.
En ellas se presentan los personajes, se exponen sus sentimientos, se desnudan sus almas y en la escena, como pueden, afrontan los tormentos con que la vida los desgarra.
Sus personajes son tres seres diversos, pero igualmente desvalidos ante un destino encaprichado en desbarrancarlos en la perdición y la muerte. Poco pueden hacer para evitarlo, es como si el azar, o quien esto escribe -que es para esas criaturas imaginarias una forma fatídica del azar-  guiara sus pasos.
Triste es la suerte de los personajes trágicos, sometidos a los huracanes que urde la fantasía o la inspiración del dramaturgo. Aunque no más triste que la suerte del mismo dramaturgo y sus espectadores, sometidos ellos también a pavorosos huracanes maquinados por quien sabe que misterioso escriba.
En eso consiste la tragedia de la vida humana, dentro o fuera del escenario.
El escritor se enfrenta a la hoja en blanco poblado de incertidumbres. Algunas ideas inconexas hasta que aparecen las musas y ordenan las cosas.
Cosa rara el influjo de las musas.
Hasta donde sé, a cada quien lo visitan de modo diverso. Cuando de mí se acuerdan, me siembran de repente, a cualquier hora del día o de la noche, alguna epifanía en el caletre, epifanía que madura en mi seso durante una o dos semanas, entre sueños y vigilias, hasta que una mañana, al despertar, fuerzas oscuras me deciden a enfrentar la hoja en blanco.
Lo hago con un puñado de ideas más o menos claras. Nada más. En ocasiones, cuando imagino el ambiente, puedo buscar algún tipo de documentación adventicia que requiera el embrión del relato.
De allí en más, perdida toda noción del tiempo, sobrevienen diez o quince horas de escritura imparable. Al cabo de un par de días queda plasmado el esqueleto y la piel de la obra.
La trama ya está expuesta, las situaciones parcialmente definidas y el perfil de los personajes acomodados a las necesidades del argumento. El principio el medio y el fin ha tomado forma.
Entonces aparece una imaginaria escofina. Esa lima violenta, a veces brutal que impera sobre la madera de lo creado y que arrasa con todo lo que sobra. Allí quedan, amontonadas al costado, las virutas de frases, conflictos y dolores.
Después le toca el turno a la lija fina, esa que primero alisa y luego pule palabras, sentimientos o acciones.
Son horas veloces, de correcciones machacosas y recurrentes. Antes de terminar la semana la obra está casi lista. Uno la lee, la relee y la retoca otra semana más. El autor se siente más liviano, pero no necesariamente complacido.
Días después, dando por terminado el obsesivo manoseo del artificio, se lo entrega a alguna persona cercana, querida y confiable para que lo lea. Sea cual fuera su opinión, el juicio previo del autor es inapelable.
La obra es un asunto terminado. Sus personajes están condenados a la escena. Más tarde o más temprano subirán a ese otro cadalso con foro y proscenio.
De ahí en más, entre bambalinas, que Dios los ayude.



jueves, 6 de agosto de 2015

EL PERONISMO RESIDUAL


Entendemos por residuo a todo aquello que luego de haber cumplido su ciclo o de haber servido bien o mal para una actividad o función determinada, pierde su valor y es descartado.
Esto sucede en todos los aspectos de la evolución humana, tanto en sus aspectos biológicos, como en los sociales, sean estos culturales, económicos o políticos.
El Peronismo que fue un movimiento histórico surgido en Argentina al promediar la década de 1940, al calor del liderazgo del General Perón, en una sólida alianza principal con la clase obrera y los sindicatos, algunos sectores de la clase media, con las masas empobrecidas del interior y de los centros urbanos, además de algunas organizaciones políticas fragmentadas del radicalismo y del conservadurismo, tuvo como todo movimiento histórico, una primera fase ascendente con su apogeo y una declinación con su perigeo
Ese ciclo, con sus altibajos, concluyó esencialmente con la muerte de Perón en 1974 y su único heredero debía ser el pueblo.
Lo que vino después podría definirse como Neoperonismo, Peronismo sin Perón o Peronismo residual, meras caricaturas del Peronismo original multiplicadas en diversas corrientes políticas a partir de 1955. La primera fue el partido Unión Popular de Juan Atilio Bramuglia, ex abogado sindical de la Unión Ferroviaria y Ministro de Relaciones Exteriores de Perón entre 1946/49.Otros dirigentes adhirieron al ideario del neoperonismo, como Augusto Vandor, Rodolfo Tecera del Franco, Atilio García Mellid, Raúl Matera y Felipe Sapag.
Mutatis mutandi a 75 años de distancia, aquel Partido Justicialista que fuera historia hoy se ha travestido en mitología, es decir un conjunto de mentiras que a fuerza de repetirlas acaban siendo verdades.
Ese Peronismo residual, inútil ya para la grandeza de la Patria y la felicidad del Pueblo, pasó a ser una cáscara vacía de principios, mera herramienta al servicio de los fines inconfesables de variados oportunistas de turno, autoproclamados herederos de Perón.
Poco importa que se denominen circunstancialmente menemistas, kirchneristas o fulanistas de tal. Ellos y sus legiones de militantes rentados persisten en agitar los viejos mitos para no perder sus nuevos privilegios.
Todos por igual son metabolitos de aquella sustancia original que se llamara Peronismo. Tóxicos residuos políticos que deberán ser enterrados profundamente en el olvido para que no sigan contaminando a esta sociedad dividida, atravesada por la pobreza, por la ignorancia y la violencia, todas ellas siempre negadas pero persistentes en su sombría realidad.


jueves, 23 de julio de 2015

EL CARNAVAL DE LOS LADRONES



El carnaval es una antigua celebración pagana, cuyos orígenes se remontan a Sumeria y Egipto 50 siglos atrás. Pasó luego al Imperio Romano con los desbordes de sus bacanales y lupercales. Estos festejos llegaron a América en el siglo XV, con el bagaje cultural de los conquistadores.
En los tiempos presentes es una celebración que ocurre antes de la cuaresma cristiana, y que se representa como una mascarada, no desprovista de permisividad y descontrol. Bien dicen que en la noche del carnaval todo vale.
Esa festichola que en el resto del planeta dura un par de semanas a lo sumo, en Argentina se puede prolongar por más de una década, con la particularidad de que la mayoría de los travestidos, son ladrones. Ocultos tras las máscaras y sus abigarrados disfraces, mientras los ingenuos arrojan serpentinas y papel picado, ellos se ocupan del latrocinio, es decir del hurto y el fraude, especialmente orientado contra los caudales públicos y que derivan, como se advierte, en la miseria colectiva.
La comparsa del Kirchnerismo ha sido aplaudida tanto por los participantes del saqueo, como por circunstanciales simpatizantes, ya interesados, ya distraídos, ya portadores de una crónica estulticia.
Lo cierto es que en las postrimerías de este Carnaval de Ladrones nos queda un país devastado en lo político, en lo social y en lo económico.
Una republiqueta inmersa en la corrupción que siembra miserias y pobrezas, atravesada por la inseguridad de las mafias criminales, inevitablemente asociadas al poder político; con una educación abominable que perpetúa la ignorancia de las masas, con una justicia pisoteada y una sociedad agrietada, empobrecida, violenta y confusa.
Estas que señalamos son algunas de las mugres que pacientemente habrá que limpiar una vez concluida esta fiesta abominable.
Caerán las máscaras, los ladrones millonarios serán señalados, sus cómplices serán reconocidos y muchos se ocultaran indignamente: Pero será tarde: El daño causado no será fácil de superar. Y sobrevuela aún la amenaza que, elecciones de por medio, el Carnaval de los Ladrones prosiga.
La sociedad en su conjunto deberá hacerse cargo de tanta permisividad y del descontrol irresponsable que toleró, lucrando o haciendo la vista gorda ante el corso siniestro que montaron una camarilla de delincuentes. Los pueblos son responsables de su presente y su futuro.
El destrozo, como siempre, lo pagarán aquellos que trabajan y producen decentemente.
Al que le quepa el sayo que se lo ponga.

jueves, 12 de febrero de 2015

LA BALSA DE MEDUSA



La balsa de la Medusa es una obra maestra del pintor francés Théodore Géricault. La pintura, terminada cuando el artista tenía menos de 30 años, se convirtió en un ícono del Romanticismo francés.
Ella representa una escena posterior al naufragio de la fragata de la marina francesa Méduse, que encalló frente a la costa de Mauritania el 5 de julio de 1816. Al menos 147 personas quedaron a la deriva en una balsa construida apresuradamente y todas ellas, excepto 15, murieron durante los 13 días que tardaron en ser rescatadas. Los supervivientes debieron soportar el hambre, la deshidratación, el canibalismo y la locura. El suceso llegó a ser un escándalo internacional, en parte porque sus causas fueron atribuidas a la incompetencia del capitán francés que actuaba bajo la autoridad de la reciente y restaurada monarquía francesa.
Según el crítico Jonathan Miles, la balsa arrastró a los supervivientes hacia las fronteras de la experiencia humana. Desquiciados, sedientos y hambrientos, asesinaron a los amotinados, comieron de sus compañeros muertos y mataron a los más débiles.
Si algún compatriota razonable observara este óleo en el museo del Louvre, no sorprendería que la asociara a la imagen final del régimen Kirchnerista.
Náufragos desorientados por la impericia del mando, envilecidos por el ejercicio de la corrupción y la alienación autoritaria, tanto CFK y su gabinete de genuflexos como la mano de obra aplaudidora, desocupada a futuro,  boyan a la deriva en un mar de tribulaciones. Carentes de timón firme, emiten a voces opiniones a cuál de ellas más desmesuradas o lastimosas. Sus imprecaciones salpican a medio mundo al que imaginan culpable de sus males, mientras se enlodan y marchan hacia el ocaso, donde los aguarda el desdoro irrevocable de la historia y el unánime desprecio de la sociedad productiva y democrática.
Corifeos de esa tragedia son los liliputienses del Partido Justicialista, principales enterradores del Peronismo del último Perón, por los consabidos treinta dineros. Todos ellos ínfimos candidatos al canibalismo electoral y al deshonor vitalicio.
Nada les importa la muerte Nissman y el desasosiego de toda una sociedad, atravesada por la inseguridad, la injusticia, la inflación, el atraso y la incertidumbre. Nada les importa la decadencia centenaria del país mientras engorden sus billeteras. Nada les importa haber utilizado a los espías de la SIDE para aniquilar opositores. Aprendices de Himmler recitan su credo: La crueldad impone respeto.

Disfrazados de héroes, hundidos en el fangal de sus fines inconfesables, gritan y bailan en el patio de las palmeras de la Casa Rosada, devenida patético símil de la pintura de Gericault, transmitida por cadena nacional.

jueves, 13 de noviembre de 2014

CUENTOS COMPLETOS



CUENTOS COMPLETOS

La segunda edición de mis cuentos completos 
se vende y distribuye a nivel mundial en Lulu.com.

LA MISIÓN ROSETA


La misión Roseta de la Agencia Espacial Europea (AES) proporcionará interesantes detalles sobre esos vagabundos celestes, que llamamos cometas. Dicen que son los cuerpos más antiguos del universo, metafóricas semillas cósmicas de polvo y hielo primordial, que al parecer transportan parte de los elementos iniciales de la vida, tal como nosotros la conocemos.
Al cabo de una travesía interplanetaria de 10 años, recorriendo 6500 millones kilómetros, el módulo envió una sonda que se posó sobre el áspero pedrusco  y transmitirá valiosos datos a la tierra.
Pero acaso la información más valiosa que se desprenda del artefacto corresponderá al ámbito de la política, en el sentido griego del término, que la entendía  como aquello relativo al ordenamiento de la ciudad o los asuntos del ciudadano. Ahí radica su ejemplaridad.
Si pensamos que hace menos de siete décadas Europa era un territorio devastado por dos guerras espantosas, que en la feroz matanza de unos contra otros segaron la vida de decenas de millones de seres, arrasando ciudades enteras y con ellas, los bienes morales y materiales de una vieja civilización, sembrando por añadidura odio y miseria inenarrables, concluimos que hubo sociedades que emergieron de ese infierno, reconstruyeron sus valores morales a la par que lo hacían con los bienes materiales.
 Si bien no lograron reproducir el paraíso, se hermanaron en políticas comunes que pacificaron el continente y aportaron prosperidad y educación donde antes sólo había desolación.
En esos términos, la sonda Roseta evidencia lo mejor del espíritu humano.
Nosotros, los argentinos, que hace un siglo nos ubicábamos entre los 10 países más prósperos del mundo, no hemos cesado de malearnos en una decadencia que excede el orden económico y contamina también los espacios morales, sociales y políticos del país.
Deberíamos aprender de la experiencia de los otros, descender de nuestra estúpida soberbia y educarnos de modo tal, que pudiéramos elegir un modo de vida sustentado por valores diferentes a estos que nos condujeron al penoso estado en el que hoy nos encontramos.
Sin haber padecido el espanto de dos guerras mundiales, estamos inmersos en un sumidero de inseguridad, corrupción, inequidad y subdesarrollo. Orgullosos, exponemos la segunda inflación más alta del planeta y una clase política irresponsable y mediocre, mandada a mandar  por electores carentes de principios cívicos. 
Así estamos, aunque el relato de necios para necios nos diga lo contrario.
El módulo Roseta no solo transmite datos científicos. También transmite la esperanza de un mundo mejor, toda vez que en sus valores primen la reflexión, la honestidad y la cooperación.

miércoles, 20 de agosto de 2014

LA BORRACHERA FINAL DEL POPULISMO


Tanto la estulticia que subyace en la ideología del pseudo progresismo a la violeta, como la contradicción insalvable entre el discurso heroico y la moral corrupta del régimen K, desembocan en este lamentable fin de ciclo, con su conjunto de decisiones y expresiones rayanas con el delirio.
Así, la impericia del gobierno ha generado un sinnúmero de males que arteramente disfrazan de aciertos.
Sin embargo, la única verdad es la realidad.
Allí están para vergüenza de todos, el desempleo, la recesión, la inflación, la falta de dólares, el cepo cambiario, los ajustes desesperados, el permanente flagelo de la pobreza que desnuda la falluta proclama de la década ganada, la mediocridad del sistema educativo, la inseguridad creciente, la impunidad y el auge del narcotráfico, el default de la deuda pública, la pésima administración del litigio con los fondos buitre, la incertidumbre económica con sus secuelas:
·         El cierre de empresas
·         La fuga de capitales
·         La falta de crédito
·         Las altas tasas de interés
·         La falta de inversión
·         La caída del salario real

Este calamitoso estado de situación, nos lleva a presumir que hay en la sociedad argentina una desmesurada proporción de ciudadanos que, cual los idiotas útiles a los que se refería Lenin en sus discursos a los bolcheviques, promueven, con la miopía de su voto, a una clase política que a la par que se enriquece escandalosamente, siembra el atraso y la miseria del pueblo.
En esta postrera embriaguez, las políticas ruinosas del Kirchnerismo comprometen el presente y el porvenir de todos.
Sería deseable que a partir de 2015, los que gobiernen  implanten un conjunto de medidas tendientes a revertir la paupérrima conciencia cívica de tantos que, por acción u omisión, han sostenido y sostienen a quienes finalmente los dañan con la endeble filosofía del pan para hoy y el hambre para mañana.

Reconocer los errores es uno de los caminos a la sabiduría.

jueves, 24 de julio de 2014

LOS IDIOTAS ÚTILES


En todas las fracciones políticas siempre existen, los que con gran propiedad, han sido llamados

"idiotas útiles". Ellos sin saber se incorporan detrás de una tendencia

que a lo mejor es totalmente la inversa de lo que ellos quieren.

Son idiotas, útiles para los otros.

Gral. Juan D. Perón

Discurso del 7 de febrero de 1974

 
En la jerga política, el calificativo de idiota útil (En ruso: Полезный идиот) era usado en el siglo pasado para describir a los simpatizantes de la Unión Soviética que vivían en los países occidentales.
El término se le atribuye a Lenin, fundador de la desaparecida URSS y que luego el General Perón aplicó a nuestra sociedad con inolvidable sabiduría.
Lenin refería como los "idiotas útiles de Occidente", a los intelectuales escritores y reporteros occidentales invitados a la URSS, que al regresar a sus países alababan las maravillas logradas por los comunistas que, en amañadas visitas guiadas, les mostraban hospitales, granjas, escuelas y fábricas, cuyas instalaciones habían sido especialmente preparadas o maquilladas con fines de propaganda.
En nuestro país no hace falta remontarse a la historia de la revolución bolchevique para reconocer a los idiotas útiles. No olvidemos que Argentina es una tierra generosa que nos prodiga abundantes ejemplos de éstos abominables especímenes cívicos.
Los idiotas útiles criollos contemporáneos, ahora en franca disminución, llegaron a constituir más del 50% de la ciudadanía. Con su miopía proverbial se creyeron el falluto relato de los K. Imaginaban que sus líderes llevaban adelante una revolución que multiplicaría los panes y los peces, gracias a la cual  todos y todas viviríamos tirando manteca al techo. Merced al cuento chino de los subsidios, de las jubilaciones sin aportes, de la emisión de billetes sin respaldo y de la clarividencia y patriotismo del finado K y su viuda, marchábamos sin escollos hacia una ejemplar sucursal  austral del paraíso.
Ínterin ese relato, una manga de vivos y aprovechados, fueran funcionarios, empleados públicos clientelares, artistas afines o una cohorte de vivillos, se enriquecieron durante la autodenominada  Década ganada. Emulaban la obsecuencia, el oportunismo y todas las virtudes K. que advertían en el exitoso vicepresidente Amado Boudou y otros próceres del Kirchnerismo.
Y así, merced a esa estulticia colectiva que prohijó la corrupción y el desgobierno, llegamos a dónde ahora estamos.
Parece que las leyes que antes aceptaron respetar cuando firmaron los pagarés sometidos a la Justicia de Los EE.UU. de Francia o Inglaterra ahora no les gustan.
Parece que los groseros errores de esta administración que soslayó desde 2005 el tema de los Holdouts, que desde 2007 envenenó la economía con una inflación epidémica y mortal, que paralizó el crecimiento económico sin haber jamás emprendido el camino del verdadero desarrollo, que abusó del desequilibrio fiscal y de las cuentas externas para comprar conciencias y ganar elecciones, que no modificó la pobreza endémica, la inseguridad, la relación del empleo productivo y formal con el trabajo en negro; han desencantado a más de la mitad de los antiguos simpatizantes.
Muchos idiotas útiles comienzan a preocuparse por estas severas cuestiones que señalamos.
Hipotecaron por los mendrugos de un presente mentiroso el porvenir propio y el de sus hijos.
Ellos, los idiotas útiles son corresponsables de estos nubarrones que hoy oscurecen el irreal cielo que ayer les prometieron.
Pero como son inimputables, solo podemos esperar que Dios y la Patria se lo demanden.

lunes, 23 de junio de 2014

PREMIO INTERNACIONAL "GARZÓN CÉSPEDES" DE MICROFICCIÓN DRAMATÚRGICA

MENCION DE HONOR A LA OBRA: "SALUD VINCULAR" de Eduardo Protto
 

En la veranda de una casa de reposo, frente al mar. Se oye el sonido de las olas. Un hombre en silla de ruedas, con un yeso en la pierna derecha y vendajes en la cabeza, habla a público, como si fuera otro internado en esa institución.

 ¡Que linda que es Mar del Plata! Tenía pensado este viaje desde hace tiempo. Lo único que estaba fuera de programa era la estadía en este sitio. No es porque la atención sea mala, al contrario. Pero, como decirle…Imaginaba que sería un viaje de fortalecimiento interior, dado que la relación con mi amante, roída por el paso del tiempo se había derrumbado. Ayudó a la caída el cortejo de miserias de su menopausia incipiente y el cúmulo de sus exigencias. Esa carcoma taladró la unión y provocó la ruptura. Le aclaro que ninguno de los dos hizo nada por evitarlo.
Yo no moví un dedo porque estaba harto de aguantar la monótona secuencia de sus malestares, la merma de su libido y lo que era el basamento del quilombo: Su pretensión de que yo fuera Aladino y que con la lámpara mágica le diera todos los gustos.
Ella tampoco hizo nada para reparar las cosas. Acaso porque entrevió la magnitud del ajuste que se venía con la Realpolitik que diseñé: Yo aspiraba a una pareja en el sentido etimológico del término latino: Par-paris, verbigracia: Iguales.
Dicho de otro modo, basta de viajes al exterior y salidas caras a cargo del que suscribe. Ese proyecto de fifty-fifty fue el principio del fin, porque es sabido que las mujeres son más proclives a soportar la miseria espiritual que la material.
Es fútil la idea romántica del que muere por el desapego de otro. Siempre afirmé que el amor es una enfermedad benigna. Fuego helado que hace pasar las de Caín, pero que rara vez lleva a la tumba. Ese es el misterio.
Lo inescrutable son los caprichos del hado.
Resulta inconcebible que esa decadente climatérica enganchara un feligrés que la financie. Créamelo, se levantó un fulano lleno de guita. ¡Y ni le cuento el auto importado que tiene!
Estaba escrito que este viaje ocultaba mi perdición.
Vea lo que es el destino…Yo cruzaba la avenida costanera, manso, en ojotas y malla rumbo a la playa en el preciso momento en que ellos pasaban a bordo del convertible. Me quedé estupefacto mirándolos. Ahí nomás una moto que venía a todo lo que daba me pasó por arriba. La saqué barata. Conmoción cerebral, fractura de fémur, costillas fisuradas y luxación de clavícula. Noventa días de yeso y una convicción absoluta: El amor no mata, pero el daño colateral que ocasiona puede ser ominoso.

martes, 3 de junio de 2014

SAINT MALO, CUNA DE CORSARIOS


 
Recorriendo Francia debemos habituarnos a la frecuente compañía del asombro y la emoción.
Cuando quedan atrás las tierras de Normandía y la estremecedora imagen del Monte Saint Michel y su monasterio, se despliegan las costas de Bretaña que ofrecen al viajero una de sus joyas más preciadas: La ciudadela de Saint Malo.
Antigua posesión del ducado de Bretaña, República en el 1490 por franca oposición al rey protestante Enrique IV pasó luego a ser ciudad mimada de Luis XIV, agradecido por las riquezas que sus marinos le arrebataban a los enemigos de la corona y depositaban a sus pies.
En una isla hoy devenida península, rodeada por una media docena de islotes nacarados por la espuma del mar, se sostiene el bello caserío que guarda celoso su historia milenaria. En el interior de sus murallas inexpugnables, más allá de sus altas torres y sus imponentes puertas de acceso, un laberinto de callejas con las bellas mansiones señoriales, nos inducen, allí en intramuros, a la evocación de otros días, ya perdidos en el pasado, cuando brillaba la opulencia de sus habitantes y resonaban las voces de los marinos y comerciantes, que lucraban ya pirateando en mares lejanos o bien explorando tierras impensadas, como las de Canadá o algunas islas del Atlántico sur, por caso las Islas Malvinas, que memoran el nombre de sus habitantes.
Jaques Cartier, Jacques Gouin de Beauchene y  Robert Surcouf eran entre otros aventureros, altivos hombres de hierro que en sus fragatas de madera forjaron la gloria de un pueblo, que desde el siglo VI, da que hablar a quienes centurias después pisamos sus piedras.
Ese promontorio rocoso batido por las olas, sobrevolado por gaviotas y cormoranes, acariciado por el verde mar,  desmesurado por el altibajo de las mareas, invita a pensar en mundos distantes, en héroes y corsarios que a fuerza de coraje e ingenio le obsequiaron a su ciudad uno de los puertos más poderosos de Francia y una flota temida y respetada en su época.
El tiempo ha pasado, la segunda guerra mundial con su furia destructora arrasó sus muros y muchos de sus tesoros arquitectónicos hoy pacientemente reconstruidos. Sin embargo, no todo está perdido en el ayer. Se percibe en ese sitio impar un aire de nostalgia, que flota aún en la vieja catedral de San Vicente donde están sepultados aquellos bravos,  o en los mudos cañones que los defendían.
 
No hemos de negar que simpatizamos con Saint Malo. Algo de su historia resuena en nosotros. Solo nos queda esperar el atardecer primaveral y sosegados tras la ardua caminata, sentarnos amablemente en algún Café de Saint Malo, pedir unas ostras y con un buen vino brindar por la dicha de estar allí.
 
 

jueves, 20 de febrero de 2014

ROSAS, el fin...


 
Esta obra es una mirada teatral hacia ciertos episodios sangrientos de la historia argentina del siglo XIX, acaso para mejor entender los hechos violentos, espantosos que llegarían a lo largo del siglo XX, de la mano de los intolerantes de siempre, de esos demonios de horca y cuchillo que pretendían erigir con las armas una categoría de ideas superiores a las que se podían expresar a través de las instituciones de la democracia, que aunque imperfectas, son infinitamente mejores que aquellas que proponían y proponen los sospechosos salvadores de siempre, tan allegados a las mafias políticas, al oportunismo, a la corrupción y a la estrechez ideológica de las izquierdas y las derechas, que al decir de Ortega y Gasset, son meras formas de la imbecilidad humana, que a la corta o a la larga perpetúan el atraso de la patria y su pueblo.

 

En LULU.com
http://www.lulu.com/shop/eduardo-protto/rosas-el-fin-teatro/paperback/product-21459069.html

lunes, 23 de diciembre de 2013

KIRCHNERISMO, SÍMBOLO Y ALEGORÍA DE UN FRACASO SOCIAL


 
 


          Fue sueño ayer; mañana será tierra!
           ¡Poco antes, nada; después humo!
                                      F. de Quevedo
 
Alegoría es palabra que viene del griego allegorein, hablar figuradamente.
Es una figura retórica que consiste en representar una idea abstracta a través  de imágenes poéticas
La alegoría pretende dar una imagen de aquello que no tiene imagen o que la  tiene, pero de una complejidad tal, que la alegoría la simplifica para que sea mejor entendida por la mayoría. Conformar lo abstracto o lo conceptual responde a un criterio didáctico.
El esqueleto y la guadaña es alegoría de la muerte, la mujer con venda en los ojos,  espada y balanza en sus manos, es alegoría de la justicia o la paz evocada por una paloma con una ramita de laurel en su pico. Por estas particulares características la alegoría fue hábilmente utilizada desde la más remota antigüedad.
Pero hay una diferencia sustantiva entre alegoría y símbolo.
La primera es una representación artificial de abstracciones cognoscibles y expresables por otros modos, en tanto que el símbolo es la única expresión del significado de aquello que simboliza. Es la representación de una idea con rasgos y significados convenidos. Así la cruz, la estrella de David o la media luna y la estrella son símbolos religiosos que refieren al cristianismo, al judaísmo y al islam respectivamente, como la hoz y el martillo al comunismo y la cruz esvástica al nazismo.
Alegorías y símbolos vienen en auxilio de conceptos intrincados, tales como el saqueo sistemático de una sociedad; el envilecimiento, la hipocresía y la ruindad de los que mandan; la corrupción que corroe la moral y la economía de una sociedad; la ineptitud y la mediocridad de una secta política que condena al oprobio a varias generaciones y a la estulticia cívica que tolera estos males.
 Ellos definen el período histórico que vivimos; período embozado por la mentira del relato, atravesado por el enriquecimiento ilícito de quienes se dicen progresistas, por  el pisoteo de las instituciones de la república y por la búsqueda desesperada de la impunidad para sus crímenes.
Probablemente todas estas iniquidades serán en el futuro referidas por simples alegorías como: Una década de mentiras para todas y para todos o pictográficamente representadas por las caras inolvidables de Boudou, Lázaro Báez o Milani o en su defecto por  un enorme bolso lleno de euros.
En la alternativa de escoger un símbolo, será  entonces la letra K la expresión de esa época aborrecible.
Así, alegórica o simbólicamente, quedarán reflejados la totalidad de quienes por acción u omisión contribuyeron al hundimiento de la argentina y al sufrimiento de su pueblo.
Símbolos y alegorías útiles para la memoria de un fin de ciclo en el que afloran, como una erupción pestilente, todas las lacras del populismo, ese que borra con el codo aquello que su mano escribe, encarnado en estas mafias políticas que han hecho del robo y la falsía un principio incólume.
 
 

viernes, 20 de diciembre de 2013

RECUERDOS DE BAVIERA (Cuento) E.P.


 
A la hora en que todas las cosas reposan…

 I
 
Cuando Hubertus Weigel, eminente sinólogo y profesor de historia oriental en la Universidad de Zurich, regresó a Ravensburg para unas cortas vacaciones, frisaba los 65 años y había tenido su cuarto de hora de celebridad, siete años antes, cuando descubrió en un anticuario de St.Gallen, los diarios perdidos de Luis II de Baviera y una carta firmada por BSK (¿Otto Bismarck, Canciller de Prusia?) dirigida a LU, acaso un apócope de Luitpold, en la cual se pormenorizaban las instrucciones impartidas a Bz. Nn (¿Blaz Neumann, jefe segundo de la Policía Berlinesa?), para ejecutar un atentado y así acabar con la vida de LB (Luís de Baviera), hecho que ocurrió el 13 de Junio de 1886, en el lago Stanberg, donde apareció ahogado junto a su médico personal.
Weigel, para insinuar la teoría del regicidio, comenzaba sus conferencias con la siniestra frase de Bismarck referida a la homosexualidad real:
“No hay que tomar ejemplo de Luis II de Baviera, que dejó los deberes del trono por la sociedad de los criados...”
Aunque nunca persiguió la fama, en los meses posteriores a su hallazgo disfrutó de los halagos que la notoriedad le procuraba y esa nombradía por refracción alcanzó también a la Universidad, ya habituada a esos resplandores desde los tiempos en que Albert Einstein la frecuentaba. Weigel, como buen suizo, tampoco evitó el dinero que oportunamente le ofrecieron por la referida serie de conferencias urbi et orbi y que, adicionado a la exorbitante suma que le pagaron por los documentos hallados, le habilitó desde entonces un buen pasar económico. Viudo desde hacía una década, se había adaptado rápidamente a ese nuevo estado, y desoyendo a sus hijas, quienes procuraban convencerlo de las ventajas de un nuevo matrimonio, empleo parte de su pequeña fortuna y el total de las energías personales en dos viajes alrededor del mundo.
Después el hombre se aquietó y su mente parecía flotar en el crepúsculo.
Ese era el personaje que aquella mañana del 16 de Junio descendió del tren para visitar la ciudad donde habían transcurrido algunos veranos de su juventud, en la casa de sus abuelos maternos, que aún existía. Lo impulsaba un impreciso deseo de rencontrarse con los desdibujados paisajes que guardaba en su memoria, con los sutiles olores del lago y con algunos seres de los cuales recordaba mejor sus nombres que sus perfiles. La evocación del amigo Jürgen Brandt y del jovial amorío que mantuvo con Kirsten Baffi, lo colmaban de un brío desconocido que le llenaba el corazón de alegría y como a veces sucede en tales circunstancias, las consideraciones colaterales pasaron a segundo plano, en especial las vicisitudes políticas que atravesaba el país de su madre, sobre todo desde la supremacía del Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei  y el establecimiento del Tercer Reich. Era allí, en tierra Bávara que había ejercitado sus primeras luchas hacia el poder, aquel a quien sus  amigos apodaban Herr Wolf. También allí Emil Maurice, uno de sus íntimos, había forjado la Stabswache que luego pasaría a denominarse Schutzstaffel de siniestra memoria.
 
II

 Buscó alojamiento en un hotel próximo al río, descansó un buen rato y luego se encaminó hacia la casona de la Kichstrasse, donde subrepticiamente percibió las aciagas señales del paso del tiempo sobre seres y cosas. Aquella que fuera una linda residencia burguesa estaba venida a menos, lucía decadente y deteriorada.  Su prima Amelia, solterona y desalineada, era la única de la familia que habitaba la morada levantada por sus abuelos. Había reservado para sí las tres piezas con vista a la Marienplatz y el resto de las habitaciones las alquilaba, para poder vivir, según dijo. Amelia era algo mayor que él y, para su sorpresa, lo recibió sin recordar el telegrama que le había enviado anunciándole su visita. Algo en la actitud de la mujer denotaba un desequilibrio nervioso, una mengua de sus facultades que la llevaba a prodigarse en incoherencias. Manifestó mantenerse alejada del resto de la familia, alegando oscuras conspiraciones y poco o nada pudo decirle de sus viejos amigos. A duras penas logró que encontrara en una agenda maltrecha la dirección del primo Helmut Affelt. Al cabo de una hora de tediosa plática se alejó de ella, apenado, conjeturando que su permanencia en la ciudad no duraría demasiado. De regreso, al pasar junto a una de las torres medievales le pareció que un par de muchachos observaban su paso con particular interés.
Decidió buscar un buen sitio donde cenar. Si al día siguiente, tras la visita a Helmut, no lograba informarse sobre sus viejas relaciones, iría al Municipio para indagar su paradero. Su mente se concentraba ahora en la idea de que el pasado era irrevocable y que acaso fuera mejor no removerlo.
Por la mañana, se acicaló, desayunó, leyó los diarios, plenos de títulos efervescentes y  llamó por teléfono a los Affelt. Lo esperarían a las cinco de la tarde. Había visto a su primo algunos años atrás en Lucerna, y guardaba de él recuerdos encontrados. Almorzó frugalmente, hizo una siesta y vagabundeó por la ciudad. A la hora indicada rumbeó para la casa de Helmut, en las proximidades de la Kornhaus. La entrevista duró un par de horas, desperdiciadas de un modo abominable. La familia de su primo, constituida por su suegra, su mujer y sus dos hijas era un verdadero martirio. Acumulaban en la charla banalidad tras banalidad en tanto Helmut callaba, con la mirada perdida, resignada. Nada quedaba de aquel compañero de juergas juveniles. Al despedirse, Weigel creyó una vez más ser observado por un tipo vestido con traje oscuro, que fumaba al otro lado de la calle.
 
III
 
Abandonó las oficinas del Municipio más que decepcionado. Acaso por su condición de extranjero no recibió un buen trato de aquellos burócratas que de mala gana le informaron que Jurgen Brandt y Kirsten Baffi ya no vivían en la ciudad. Antes de esa respuesta, tres veces le preguntaron, cual dominicos inquisidores, con que propósito deseaba saber acerca de esas personas. Tres veces les respondió lo mismo, al tiempo que se consternó ante la imbecilidad humana.
Cenó en un bodegón de la solitaria calle Rosmarine. A los postres decidió partir al día siguiente y pasar una semana en algún sitio apacible de la baja Baviera, acaso para  no retornar a Zurich con la desazón de un viaje inútil. Al salir, caminó por una estrecha calleja hasta que vio un automóvil que se aproximaba. Al pronto dos hombres que inadvertidamente caminaban detrás suyo lo empujaron al interior del vehículo, lo aturdieron con unos golpes en la cabeza y lo tiraron al piso.
Durante dos días estuvo encerrado en una oscura celda, probablemente subterránea, de una sórdida prisión que, a juzgar por los ruidos, alojaba presos y ratas en demasía. Lo alimentaron con unos mendrugos de pan y una sopa asquerosa. No logró que alguien respondiera a sus quejas y cuestionamientos exaltados. Al tercer día lo esposaron, le pusieron una capucha negra y lo sacaron de allí. Al salir sintió el aire fresco. Lo acostaron en el piso de un camión, sobre el cual anduvo a los tumbos un buen rato. Cuando acabó el recorrido y lo bajaron a empujones, su olfato le indicó que no estaba lejos del Bodensee.
Lo arrastraron, le quitaron la capucha en una pieza mal iluminada, lo sentaron en una silla de metal y tres lobos humanos comenzaron a interrogarlo.
__¿Que hacía en Alemania?
Su trivial respuesta le prodigó una feroz paliza.
__¿Con que propósito indagaba acerca de Brandt y Baffi?
 Contestó la verdad y le partieron la boca de un puñetazo.
__¿Para quién trabajaba tratando de desprestigiar la historia de Prusia?
Ya no contestó nada. Lo molieron a golpes y lo arrojaron una vez más a otra  inmunda mazmorra.
Acaso por error fue visitado por un oficial médico, quien ordenó trasladarlo a la enfermería. Se recuperó un poco y por lo que escuchaba a su alrededor supo que estaba en las afueras de la ciudad de Constanza. Una luz de esperanza iluminó su espíritu. Sacó fuerzas quien sabe de dónde y una noche, mientras todos dormían, saltó por una ventana mal cerrada y huyó. Llovía a cántaros. Corrió y caminó desesperadamente hasta el lago. La memoria le señalaba los senderos intransitados que recorriera en bicicleta medio siglo atrás. Se arrastró hasta el Club Náutico y se apropió de un bote. Las mareas y el viento lo derivaron hacia Kreuslingen, en Suiza, donde al amanecer un pescador lo encontró medio muerto.
Estuvo mucho tiempo internado. Acaso cuatro o tres meses. De a poco recuperó algo de su antigua condición física. No sabía muy bien si aquella pesadilla Bávara era producto de la realidad o de la fantasía onírica. La crueldad de Tseu – Hi, la segunda y última emperatriz de la China se le antojó ínfima comparada con el horror que se alzaba más allá de la frontera y que creía haber padecido en carne propia.
Se recluyó en su casa,  ejercitando, como alguien diría, algunas destrezas y hartas  repeticiones. Nadie entendía a ciencia cierta sus pensamientos. Como el de una vela, el fuego de su vida se fue consumiendo. Cruzó el Estigia, ese misterioso río que separa la tierra del mundo de los muertos, cuatro años después, en Noviembre del 1939, luego que la Wehrmacht  cruzara la frontera de Polonia.
Sus restos descansan en el bucólico cementerio Fluntern de   Zurich, no lejos de la tumba de James Joyce.
 Su nombre y un par de fechas grabadas sobre el mármol gris, es todo lo que de él perdura.

 

 

viernes, 6 de diciembre de 2013

K = Z

 
 
Si el hombre llegado a su entera perfección,
 es el primero de los animales,
es el último cuando vive sin leyes y sin justicia.
Aristóteles
 
“Z” fue una premiada película franco-argelina dirigida por Costa Gavras en 1969, con Yves Montand, Irene Papas y J.L Trintignant en los roles principales. Narra la historia de un país regido por un gobierno autoritario que a la hora de investigar sus propios crímenes obstaculiza a los jueces para lograr la impunidad. Como es habitual, en los créditos que preceden al film se advierte que cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.
En la tierra de los argentinos, hablar de las leyes y la justicia es mentar a sus antónimos.
Cuando se habla de la corrupción del círculo íntimo de quienes gobiernan, inevitablemente surge el recuerdo de la película Z.
¿Hay ejemplo más nítido y  horrendo que los abusos del poder para zafar al vicepresidente de la República, Amado Boudou, de los cargos que se acumulan contra él?
Omitiremos opinar acerca de las cualidades morales de Boudou y de su imagen pública. Otros lo harán mejor. Mencionaremos, eso sí, que apenas este cortesano, advenedizo como todos, fuera puesto en tela de juicio por sus cuestionables maniobras en el caso de la imprenta Ciccone, maniobras que con toda seguridad eran conocidas y toleradas por el finado N.K  y su viuda, el Poder Ejecutivo mostró sus garras apartando a jueces y fiscales para imponer sus falsías.
¿Acaso la historia se repite cuando la Procuradora General de la Nación, Alejandra Gils Carbo pretende apartar al fiscal que investiga los manejos financieros de Lázaro Báez, conspicuo socio de los Kirchner?
Un gobierno capaz de manipular las estadísticas oficiales, corrompiendo el INDEC y convirtiéndolo en un propalador de mentiras, es posible que también sea capaz de ocultar la verdad en otros ámbitos, el de la justicia por caso.
Bien decía Sófocles que una mentira nunca vive tanto como para llegar a vieja.
Si es que hay una sociedad comprometida con la verdad, agregaríamos nosotros.
De no ser así, pesadas serán las cargas que los crímenes emanados de la corrupción populista colocarán sobre los hombros de las generaciones venideras.
El relato falluto de una década ganada, el fomento de la división y el enfrentamiento artificial entre los argentinos, difundir la moralina y la pretensión de ser abanderados de los pobres cuando se han enriquecido a costa de las arcas públicas o imaginar que Puerto Madero es la Sierra Maestra serán lastres ominosos. Asegurar que la inflación, la inseguridad, el atraso, la miseria, la droga, la educación descuidada y el deterioro progresivo de la que debería ser una comunidad organizada son meras sensaciones también lo serán.
He aquí los temas de reflexión que gravitaran sobre aquellos argentinos que deseen una patria mejor para sus hijos. Sin evitar la necesaria autocrítica en torno a las responsabilidades que nos caben en el ejercicio de nuestro civismo durante estos treinta años de democracia.
 
 

miércoles, 12 de junio de 2013

LOS VESTIDOS DE LA SEÑORA LE QUEDABAN MUY BIEN (Cuento)

Mirando por la ventana, gustaba desmenuzar la reminiscencia de aquel día. Los niños dormían. El señor y la señora habían salido temprano con el auto. Le dijeron que iban de compras. Ella terminó de limpiar el baño, ordenó la cocina y repasó el dormitorio principal. El vestido  que había usado la señora la noche anterior  estaba desparramado sobre la silla. Le pareció una muñeca decapitada y sin relleno. Lo tomó con cuidado y antes de colgarlo se paró frente al espejo y lo extendió sobre su torso. Se miró deslumbrada. Como por ensalmo se sintió transportada a otro mundo, distinto del que provenía, sin mugre, sin violencia, sin necesidades infinitas. Un mundo mejor  que aquel que en su niñez se avizoraba desde el ventanuco de la pieza de madera y chapa en que vivía. Conservó para siempre esa bonita sensación. Era un modo tan bueno como cualquier otro para no recordar cuando a los dieciséis años se fue a vivir con Santiago. Entonces su madre lloró y le encomendó que tuviera cuidado, que la vida era dura y difícil. Nunca imaginó que lo fuera tanto. Santiago se mandó a mudar al poco tiempo que su niño murió. Desde entonces erró sin rumbo fijo, entre  drogas y alcohol, hasta que conoció a los hermanos de la iglesia evangélica. La rescataron del barranco de sordidez en que se había hundido. Empezó a trabajar como sirvienta en casas de familia allegadas a la congregación y un buen día llegó al hogar del señor y la señora. Le dieron una linda habitación y algo de ropa fina que la señora ya no usaba. Eran las dos de la misma talla y los vestidos de la señora le quedaban muy bien.
Un verano en que fueron a Brasil de vacaciones, la llevaron para que se ocupara de los niños y de los quehaceres de la casa. Jamás había visto el mar y la maravillaba. Por las tardes tenía unas cuantas horas  libres y las aprovechaba para caminar por la playa, contemplando absorta los morros cubiertos de vegetación y coronados de nubes. Nunca más volvió a ver algo tan lindo. Lo más de agua junta que recordaba era aquella de los arroyos cercanos al rancherío en que nació, por el lado de Tacuarembó.
Una tarde, cuando faltaban pocos días para regresar, mientras la señora tomaba sol y jugaba con los niños, el señor regresó a la casa para dormir una siesta. Primero pasó al baño para darse una ducha. Al rato entreabrió la puerta y  pidió que le alcanzara una toalla seca.  Buscó una de color blanco muy grande y se la llevó. El extendió su brazo para recibirla pero en cambió la tomó a ella de la mano y la atrajo hacia sí. Ella se dejó. El señor  estaba mojado y olía a perfume y le hablaba al oído mientras la poseía. Eso le agradó por lo raro.
Cuando regresaron a Montevideo, el señor la ignoró por un tiempo, pero otra vez que la señora no estaba la llamó y la tuvo de nuevo bien apretada contra su pecho. Esas cosas sucedieron de vez en cuando en los últimos meses. Una vez se le ocurrió preguntarle por qué lo hacía y él respondió que era porque le gustaba su piel. 
Cada vez que ellos se ausentaban, ella tomó la costumbre de ponerse las mejores ropas de la señora y pasear así engalanada por la casa. Había un vestido rojo, un poco largo, que le encantaba. También unos corpiños de seda con encajes. Eso sí, se mantenía a prudente distancia de los perfumes franceses, eran como vecinas chismosas, pues tenían un olor persistente y temía ser descubierta si se los ponía.
En ocasiones en las cuales, debido a algún feriado largo, todos se marchaban al campo de Colonia y la dejaban sola, ella se sentía como si fuese la dueña de casa, se preparaba ricas comidas y bebía de los buenos vinos que el señor estibaba en el sótano. Al aproximarse la fecha y hora del regreso de la familia, ritualmente se desprendía de las vestiduras ajenas y ordenaba todo para no levantar sospechas. Con rabia lo hacía, como si fuera despojada injustamente, por el reloj implacable, de algo que le gustaba imaginar como propio. Entendía que aquello con lo que jugaba podía resultar un juego peligroso.
Pocos días atrás, mientras estaba en la cocina, trabajosamente inclinada cortando frutas para preparar una ensalada,  la señora, que andaba cerca, le alcanzó una cuchilla nueva para facilitar la tarea, avisando que tuviera cuidado, pues era muy filosa.
La examinó con mirada minuciosa, como si fuera un objeto extraño y familiar a la vez.
La inquietud que a veces la asaltaba se fue tornando más duradera y frecuente. Le sobrevenían pensamientos raros en los que el resentimiento se mezclaba con un rencor incontrolable. Se refugiaba en la oscuridad de  su cuarto esperando sosegarse. A menudo lo lograba.
A principios de marzo los niños comenzaron con la nueva escuela en Montevideo. Estaban en condición de pupilos y esa separación entristecía a la señora. Coincidentemente, el señor viajó  a Brasil por asuntos de negocios.
La señora salía por la mañana y regresaba a eso de las nueve de la noche sin deseos de cenar. Hablaba poco y se encerraba en su habitación. Ella no sabía en qué cosas andaba.
Apenas se marchaba la señora, comenzaba con su trabajo: limpiaba y ordenaba la casa y hacía las compras. En medio de tales rutinas flotaban muchas horas muertas. Eran sus ratos felices, le sobraba tiempo para probarse las nuevas ropas de la señora, las cuales había comprado hacía poco. Una tarde se animó a esparcirse un poco de perfume detrás de la oreja. Jamás había sentido semejante aroma en su cuerpo y el olor la embriagó y le pobló la cabeza de ideas, de sueños y de pesares.
El viernes, temprano por la tarde, entró al vestidor de la habitación principal y abrió el guardarropa de la señora. Eligió unos zapatos negros  de tacos muy altos. Descolgó el vestido rojo y se lo puso y también usó un poco del perfume que  más le gustaba. Así vestida anduvo por la casa y finalmente recaló en la cocina a tomar mate. Cavilando se quedó largo rato sentada mirando a través de la ventana. Los pájaros sobrevolaban el parque. Oyó el canto de un bichofeo y se dijo que pronto llovería. Anocheció sin que se diera cuenta.
Pocos minutos antes de las nueve de la noche, se levantó como si un trueno la hubiera despertado de una pesadilla para sumergirla en otra. Se incorporó, hurgó en el armario,  tomó la cuchilla filosa y con una sonrisa inusual salió despacio, atravesó la sala de estar y el vestíbulo y se paró junto a la puerta de entrada a esperar. Entrevió las luces del auto por el cristal de la ventana, luego oyó los pasos y contuvo la respiración al oír como las llaves entraban a la cerradura y la giraban…