Un verano en
que fueron a Brasil de vacaciones, la llevaron para que se ocupara de los niños
y de los quehaceres de la casa. Jamás había visto el mar y la maravillaba. Por
las tardes tenía unas cuantas horas
libres y las aprovechaba para caminar por la playa, contemplando absorta
los morros cubiertos de vegetación y coronados de nubes. Nunca más volvió a ver
algo tan lindo. Lo más de agua junta que recordaba era aquella de los arroyos
cercanos al rancherío en que nació, por el lado de Tacuarembó.
Una tarde, cuando
faltaban pocos días para regresar, mientras la señora tomaba sol y jugaba con
los niños, el señor regresó a la casa para dormir una siesta. Primero pasó al
baño para darse una ducha. Al rato entreabrió la puerta y pidió que le alcanzara una toalla seca. Buscó una de color blanco muy grande y se la
llevó. El extendió su brazo para recibirla pero en cambió la tomó a ella de la
mano y la atrajo hacia sí. Ella se dejó. El señor estaba mojado y olía a perfume y le hablaba
al oído mientras la poseía. Eso le agradó por lo raro.
Cuando
regresaron a Montevideo, el señor la ignoró por un tiempo, pero otra vez que la
señora no estaba la llamó y la tuvo de nuevo bien apretada contra su pecho.
Esas cosas sucedieron de vez en cuando en los últimos meses. Una vez se le
ocurrió preguntarle por qué lo hacía y él respondió que era porque le gustaba
su piel.
Cada vez que
ellos se ausentaban, ella tomó la costumbre de ponerse las mejores ropas de la
señora y pasear así engalanada por la casa. Había un vestido rojo, un poco largo,
que le encantaba. También unos corpiños de seda con encajes. Eso sí, se
mantenía a prudente distancia de los perfumes franceses, eran como vecinas
chismosas, pues tenían un olor persistente y temía ser descubierta si se los
ponía.
En ocasiones en
las cuales, debido a algún feriado largo, todos se marchaban al campo de Colonia
y la dejaban sola, ella se sentía como si fuese la dueña de casa, se preparaba
ricas comidas y bebía de los buenos vinos que el señor estibaba en el sótano.
Al aproximarse la fecha y hora del regreso de la familia, ritualmente se desprendía
de las vestiduras ajenas y ordenaba todo para no levantar sospechas. Con rabia
lo hacía, como si fuera despojada injustamente, por el reloj implacable, de
algo que le gustaba imaginar como propio. Entendía que aquello con lo que
jugaba podía resultar un juego peligroso.
Pocos días
atrás, mientras estaba en la cocina, trabajosamente inclinada cortando frutas
para preparar una ensalada, la señora,
que andaba cerca, le alcanzó una cuchilla nueva para facilitar la tarea,
avisando que tuviera cuidado, pues era muy filosa.
La examinó con
mirada minuciosa, como si fuera un objeto extraño y familiar a la vez.
La inquietud
que a veces la asaltaba se fue tornando más duradera y frecuente. Le
sobrevenían pensamientos raros en los que el resentimiento se mezclaba con un
rencor incontrolable. Se refugiaba en la oscuridad de su cuarto esperando sosegarse. A menudo lo
lograba.
A principios de
marzo los niños comenzaron con la nueva escuela en Montevideo. Estaban en
condición de pupilos y esa separación entristecía a la señora. Coincidentemente,
el señor viajó a Brasil por asuntos de
negocios.
La señora salía
por la mañana y regresaba a eso de las nueve de la noche sin deseos de cenar.
Hablaba poco y se encerraba en su habitación. Ella no sabía en qué cosas
andaba.
Apenas se
marchaba la señora, comenzaba con su trabajo: limpiaba y ordenaba la casa y hacía
las compras. En medio de tales rutinas flotaban muchas horas muertas. Eran sus
ratos felices, le sobraba tiempo para probarse las nuevas ropas de la señora,
las cuales había comprado hacía poco. Una tarde se animó a esparcirse un poco
de perfume detrás de la oreja. Jamás había sentido semejante aroma en su cuerpo
y el olor la embriagó y le pobló la cabeza de ideas, de sueños y de pesares.
El viernes,
temprano por la tarde, entró al vestidor de la habitación principal y abrió el
guardarropa de la señora. Eligió unos zapatos negros de tacos muy altos. Descolgó el vestido rojo
y se lo puso y también usó un poco del perfume que más le gustaba. Así vestida anduvo por la
casa y finalmente recaló en la cocina a tomar mate. Cavilando se quedó largo
rato sentada mirando a través de la ventana. Los pájaros sobrevolaban el parque.
Oyó el canto de un bichofeo y se dijo que pronto llovería. Anocheció sin que se
diera cuenta.
Pocos minutos
antes de las nueve de la noche, se levantó como si un trueno la hubiera
despertado de una pesadilla para sumergirla en otra. Se incorporó, hurgó en el
armario, tomó la cuchilla filosa y con
una sonrisa inusual salió despacio, atravesó la sala de estar y el vestíbulo y se
paró junto a la puerta de entrada a esperar. Entrevió las luces del auto por el
cristal de la ventana, luego oyó los pasos y contuvo la respiración al oír como
las llaves entraban a la cerradura y la giraban…

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