miércoles, 12 de junio de 2013

LOS VESTIDOS DE LA SEÑORA LE QUEDABAN MUY BIEN (Cuento)

Mirando por la ventana, gustaba desmenuzar la reminiscencia de aquel día. Los niños dormían. El señor y la señora habían salido temprano con el auto. Le dijeron que iban de compras. Ella terminó de limpiar el baño, ordenó la cocina y repasó el dormitorio principal. El vestido  que había usado la señora la noche anterior  estaba desparramado sobre la silla. Le pareció una muñeca decapitada y sin relleno. Lo tomó con cuidado y antes de colgarlo se paró frente al espejo y lo extendió sobre su torso. Se miró deslumbrada. Como por ensalmo se sintió transportada a otro mundo, distinto del que provenía, sin mugre, sin violencia, sin necesidades infinitas. Un mundo mejor  que aquel que en su niñez se avizoraba desde el ventanuco de la pieza de madera y chapa en que vivía. Conservó para siempre esa bonita sensación. Era un modo tan bueno como cualquier otro para no recordar cuando a los dieciséis años se fue a vivir con Santiago. Entonces su madre lloró y le encomendó que tuviera cuidado, que la vida era dura y difícil. Nunca imaginó que lo fuera tanto. Santiago se mandó a mudar al poco tiempo que su niño murió. Desde entonces erró sin rumbo fijo, entre  drogas y alcohol, hasta que conoció a los hermanos de la iglesia evangélica. La rescataron del barranco de sordidez en que se había hundido. Empezó a trabajar como sirvienta en casas de familia allegadas a la congregación y un buen día llegó al hogar del señor y la señora. Le dieron una linda habitación y algo de ropa fina que la señora ya no usaba. Eran las dos de la misma talla y los vestidos de la señora le quedaban muy bien.
Un verano en que fueron a Brasil de vacaciones, la llevaron para que se ocupara de los niños y de los quehaceres de la casa. Jamás había visto el mar y la maravillaba. Por las tardes tenía unas cuantas horas  libres y las aprovechaba para caminar por la playa, contemplando absorta los morros cubiertos de vegetación y coronados de nubes. Nunca más volvió a ver algo tan lindo. Lo más de agua junta que recordaba era aquella de los arroyos cercanos al rancherío en que nació, por el lado de Tacuarembó.
Una tarde, cuando faltaban pocos días para regresar, mientras la señora tomaba sol y jugaba con los niños, el señor regresó a la casa para dormir una siesta. Primero pasó al baño para darse una ducha. Al rato entreabrió la puerta y  pidió que le alcanzara una toalla seca.  Buscó una de color blanco muy grande y se la llevó. El extendió su brazo para recibirla pero en cambió la tomó a ella de la mano y la atrajo hacia sí. Ella se dejó. El señor  estaba mojado y olía a perfume y le hablaba al oído mientras la poseía. Eso le agradó por lo raro.
Cuando regresaron a Montevideo, el señor la ignoró por un tiempo, pero otra vez que la señora no estaba la llamó y la tuvo de nuevo bien apretada contra su pecho. Esas cosas sucedieron de vez en cuando en los últimos meses. Una vez se le ocurrió preguntarle por qué lo hacía y él respondió que era porque le gustaba su piel. 
Cada vez que ellos se ausentaban, ella tomó la costumbre de ponerse las mejores ropas de la señora y pasear así engalanada por la casa. Había un vestido rojo, un poco largo, que le encantaba. También unos corpiños de seda con encajes. Eso sí, se mantenía a prudente distancia de los perfumes franceses, eran como vecinas chismosas, pues tenían un olor persistente y temía ser descubierta si se los ponía.
En ocasiones en las cuales, debido a algún feriado largo, todos se marchaban al campo de Colonia y la dejaban sola, ella se sentía como si fuese la dueña de casa, se preparaba ricas comidas y bebía de los buenos vinos que el señor estibaba en el sótano. Al aproximarse la fecha y hora del regreso de la familia, ritualmente se desprendía de las vestiduras ajenas y ordenaba todo para no levantar sospechas. Con rabia lo hacía, como si fuera despojada injustamente, por el reloj implacable, de algo que le gustaba imaginar como propio. Entendía que aquello con lo que jugaba podía resultar un juego peligroso.
Pocos días atrás, mientras estaba en la cocina, trabajosamente inclinada cortando frutas para preparar una ensalada,  la señora, que andaba cerca, le alcanzó una cuchilla nueva para facilitar la tarea, avisando que tuviera cuidado, pues era muy filosa.
La examinó con mirada minuciosa, como si fuera un objeto extraño y familiar a la vez.
La inquietud que a veces la asaltaba se fue tornando más duradera y frecuente. Le sobrevenían pensamientos raros en los que el resentimiento se mezclaba con un rencor incontrolable. Se refugiaba en la oscuridad de  su cuarto esperando sosegarse. A menudo lo lograba.
A principios de marzo los niños comenzaron con la nueva escuela en Montevideo. Estaban en condición de pupilos y esa separación entristecía a la señora. Coincidentemente, el señor viajó  a Brasil por asuntos de negocios.
La señora salía por la mañana y regresaba a eso de las nueve de la noche sin deseos de cenar. Hablaba poco y se encerraba en su habitación. Ella no sabía en qué cosas andaba.
Apenas se marchaba la señora, comenzaba con su trabajo: limpiaba y ordenaba la casa y hacía las compras. En medio de tales rutinas flotaban muchas horas muertas. Eran sus ratos felices, le sobraba tiempo para probarse las nuevas ropas de la señora, las cuales había comprado hacía poco. Una tarde se animó a esparcirse un poco de perfume detrás de la oreja. Jamás había sentido semejante aroma en su cuerpo y el olor la embriagó y le pobló la cabeza de ideas, de sueños y de pesares.
El viernes, temprano por la tarde, entró al vestidor de la habitación principal y abrió el guardarropa de la señora. Eligió unos zapatos negros  de tacos muy altos. Descolgó el vestido rojo y se lo puso y también usó un poco del perfume que  más le gustaba. Así vestida anduvo por la casa y finalmente recaló en la cocina a tomar mate. Cavilando se quedó largo rato sentada mirando a través de la ventana. Los pájaros sobrevolaban el parque. Oyó el canto de un bichofeo y se dijo que pronto llovería. Anocheció sin que se diera cuenta.
Pocos minutos antes de las nueve de la noche, se levantó como si un trueno la hubiera despertado de una pesadilla para sumergirla en otra. Se incorporó, hurgó en el armario,  tomó la cuchilla filosa y con una sonrisa inusual salió despacio, atravesó la sala de estar y el vestíbulo y se paró junto a la puerta de entrada a esperar. Entrevió las luces del auto por el cristal de la ventana, luego oyó los pasos y contuvo la respiración al oír como las llaves entraban a la cerradura y la giraban…

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