A
la hora en que todas las cosas reposan…
Cuando Hubertus Weigel, eminente
sinólogo y profesor de historia oriental en la Universidad de Zurich, regresó a
Ravensburg para unas cortas vacaciones, frisaba los 65 años y había tenido su
cuarto de hora de celebridad, siete años antes, cuando descubrió en un
anticuario de St.Gallen, los diarios perdidos de Luis II de Baviera y una carta
firmada por BSK (¿Otto Bismarck, Canciller de Prusia?) dirigida a LU, acaso un
apócope de Luitpold, en la cual se pormenorizaban las instrucciones impartidas
a Bz. Nn (¿Blaz Neumann, jefe segundo de la Policía Berlinesa?), para ejecutar
un atentado y así acabar con la vida de LB (Luís de Baviera), hecho que ocurrió
el 13 de Junio de 1886, en el lago Stanberg, donde apareció ahogado junto a su
médico personal.
Weigel, para insinuar la teoría del
regicidio, comenzaba sus conferencias con la siniestra frase de Bismarck
referida a la homosexualidad real: “No hay que tomar ejemplo de Luis II de Baviera, que dejó los deberes del trono por la sociedad de los criados...”
Aunque nunca persiguió la fama, en los meses posteriores a su hallazgo disfrutó de los halagos que la notoriedad le procuraba y esa nombradía por refracción alcanzó también a la Universidad, ya habituada a esos resplandores desde los tiempos en que Albert Einstein la frecuentaba. Weigel, como buen suizo, tampoco evitó el dinero que oportunamente le ofrecieron por la referida serie de conferencias urbi et orbi y que, adicionado a la exorbitante suma que le pagaron por los documentos hallados, le habilitó desde entonces un buen pasar económico. Viudo desde hacía una década, se había adaptado rápidamente a ese nuevo estado, y desoyendo a sus hijas, quienes procuraban convencerlo de las ventajas de un nuevo matrimonio, empleo parte de su pequeña fortuna y el total de las energías personales en dos viajes alrededor del mundo.
Después el hombre se aquietó y su mente parecía flotar en el crepúsculo.
Ese era el personaje que aquella mañana del 16 de Junio descendió del tren para visitar la ciudad donde habían transcurrido algunos veranos de su juventud, en la casa de sus abuelos maternos, que aún existía. Lo impulsaba un impreciso deseo de rencontrarse con los desdibujados paisajes que guardaba en su memoria, con los sutiles olores del lago y con algunos seres de los cuales recordaba mejor sus nombres que sus perfiles. La evocación del amigo Jürgen Brandt y del jovial amorío que mantuvo con Kirsten Baffi, lo colmaban de un brío desconocido que le llenaba el corazón de alegría y como a veces sucede en tales circunstancias, las consideraciones colaterales pasaron a segundo plano, en especial las vicisitudes políticas que atravesaba el país de su madre, sobre todo desde la supremacía del Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei y el establecimiento del Tercer Reich. Era allí, en tierra Bávara que había ejercitado sus primeras luchas hacia el poder, aquel a quien sus amigos apodaban Herr Wolf. También allí Emil Maurice, uno de sus íntimos, había forjado la Stabswache que luego pasaría a denominarse Schutzstaffel de siniestra memoria.
II
Por la mañana, se acicaló, desayunó, leyó los diarios, plenos de títulos efervescentes y llamó por teléfono a los Affelt. Lo esperarían a las cinco de la tarde. Había visto a su primo algunos años atrás en Lucerna, y guardaba de él recuerdos encontrados. Almorzó frugalmente, hizo una siesta y vagabundeó por la ciudad. A la hora indicada rumbeó para la casa de Helmut, en las proximidades de la Kornhaus. La entrevista duró un par de horas, desperdiciadas de un modo abominable. La familia de su primo, constituida por su suegra, su mujer y sus dos hijas era un verdadero martirio. Acumulaban en la charla banalidad tras banalidad en tanto Helmut callaba, con la mirada perdida, resignada. Nada quedaba de aquel compañero de juergas juveniles. Al despedirse, Weigel creyó una vez más ser observado por un tipo vestido con traje oscuro, que fumaba al otro lado de la calle.
III
Cenó en un bodegón de la solitaria calle Rosmarine. A los postres decidió partir al día siguiente y pasar una semana en algún sitio apacible de la baja Baviera, acaso para no retornar a Zurich con la desazón de un viaje inútil. Al salir, caminó por una estrecha calleja hasta que vio un automóvil que se aproximaba. Al pronto dos hombres que inadvertidamente caminaban detrás suyo lo empujaron al interior del vehículo, lo aturdieron con unos golpes en la cabeza y lo tiraron al piso.
Durante dos días estuvo encerrado en una oscura celda, probablemente subterránea, de una sórdida prisión que, a juzgar por los ruidos, alojaba presos y ratas en demasía. Lo alimentaron con unos mendrugos de pan y una sopa asquerosa. No logró que alguien respondiera a sus quejas y cuestionamientos exaltados. Al tercer día lo esposaron, le pusieron una capucha negra y lo sacaron de allí. Al salir sintió el aire fresco. Lo acostaron en el piso de un camión, sobre el cual anduvo a los tumbos un buen rato. Cuando acabó el recorrido y lo bajaron a empujones, su olfato le indicó que no estaba lejos del Bodensee.
Lo arrastraron, le quitaron la capucha en una pieza mal iluminada, lo sentaron en una silla de metal y tres lobos humanos comenzaron a interrogarlo.
__¿Que hacía en Alemania?
Su trivial respuesta le prodigó una feroz paliza.
__¿Con que propósito indagaba acerca de Brandt y Baffi?
Contestó la verdad y le partieron la boca de un puñetazo.
__¿Para quién trabajaba tratando de desprestigiar la historia de Prusia?
Ya no contestó nada. Lo molieron a golpes y lo arrojaron una vez más a otra inmunda mazmorra.
Acaso por error fue visitado por un oficial médico, quien ordenó trasladarlo a la enfermería. Se recuperó un poco y por lo que escuchaba a su alrededor supo que estaba en las afueras de la ciudad de Constanza. Una luz de esperanza iluminó su espíritu. Sacó fuerzas quien sabe de dónde y una noche, mientras todos dormían, saltó por una ventana mal cerrada y huyó. Llovía a cántaros. Corrió y caminó desesperadamente hasta el lago. La memoria le señalaba los senderos intransitados que recorriera en bicicleta medio siglo atrás. Se arrastró hasta el Club Náutico y se apropió de un bote. Las mareas y el viento lo derivaron hacia Kreuslingen, en Suiza, donde al amanecer un pescador lo encontró medio muerto.
Estuvo mucho tiempo internado. Acaso cuatro o tres meses. De a poco recuperó algo de su antigua condición física. No sabía muy bien si aquella pesadilla Bávara era producto de la realidad o de la fantasía onírica. La crueldad de Tseu – Hi, la segunda y última emperatriz de la China se le antojó ínfima comparada con el horror que se alzaba más allá de la frontera y que creía haber padecido en carne propia.
Se recluyó en su casa, ejercitando, como alguien diría, algunas destrezas y hartas repeticiones. Nadie entendía a ciencia cierta sus pensamientos. Como el de una vela, el fuego de su vida se fue consumiendo. Cruzó el Estigia, ese misterioso río que separa la tierra del mundo de los muertos, cuatro años después, en Noviembre del 1939, luego que la Wehrmacht cruzara la frontera de Polonia.
Sus restos descansan en el bucólico cementerio Fluntern de Zurich, no lejos de la tumba de James Joyce.
Su nombre y un par de fechas grabadas sobre el mármol gris, es todo lo que de él perdura.

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