lunes, 30 de mayo de 2011

Cuando la corrupción es una enfermedad de la política


Que la República Argentina padece una endemia de corrupción, no es algo que asombre, pero hay sígnos que anuncian que lo peor está por venir, y eso si es alarmante.
Cuán enferma estará una sociedad y un gobierno, cuan alterado estará el país, cuando los desposeídos, los sin techos, los marginales del modelo, que suman millones, deben esperar a que el problema de la vivienda lo resuelva Hebe de Bonafini y Sergio Schoklender, fundamentalista del terrorismo y doble parricida respectivamente.
Ellos, nos  enteramos por los diarios, son los administradores de fondos públicos estimados en 300 millones de dólares, que el gobierno nacional les transfería alegremente, para que la Fundación que preside la Sra. Bonafini y gerencia el Sr. Schoklender construyeran viviendas, a costos que se sitúan al doble de obras similares, eso sí… cuando las construían.
¿Y los órganos de control del estado?  Bien, gracias. Ocupados en lo que ya sabemos.
Tamaña corrupción tiene su raíz en un gobierno que prohijó a estos personajes, útiles a la demagógica retórica de los derechos humanos, y que no reconocen otro derecho que el de negar la historia y llenarse los bolsillos.
Alli están, para que reflexionemos, los aviones, el yate, la mansión de Schoklender y la estatura moral de Bonafini, que los argentinos pagamos y toleramos. Ahí está el robo descarado de los dineros públicos, con la complicidad de quienes desde el estado deberían velar por la honestidad en el manejo de los recursos y la equidad en su distribución.
 ¿A que pedirle peras al olmo? La argentina está enferma y el síntoma preocupante es la corrupción de una clase política que le ha causado a la sociedad argentina sufrimientos indecibles.
Sólo el pueblo salvará al pueblo, dijo alguien. El tiempo le dará razón, si estaba en lo cierto.

jueves, 26 de mayo de 2011

LA GENERACIÓN DEL 80


En la república Argentina, dióse en llamar Generación del 80, al conjunto de hombres que desde 1880 y durante más de treinta años, gobernaron el país, dando contenido ideológico y político a una época de la historia nacional, plena de transformaciones económicas y sociales.
Julio Roca, Eduardo Wilde, Lucio V. Mansilla, Miguel Cané (h), Eugenio Cambaceres, entre otros, fueron protagonistas (desde el gobierno, el libro o el periodismo) de una acción consecuente, que expresó con absoluta claridad, el modelo de país agro-exportador, estrechamente vinculado al mercado inglés, a la cultura europea y abierto a la inmigración del viejo continente, para incorporar población y mano de obra a un vasto país, casi desértico, atrasado y dividido.
Imbuidos de las doctrinas de la época, eran positivistas y liberales, como lo eran las dirigencias de los países capitalistas más avanzados del planeta, en pleno desarrollo de la segunda revolución industrial.
Todos ellos, de un modo u otro, conformaron la élite de gobierno, a falta de otros emergentes sociales capacitados para el logro de los objetivos de la burguesía vernácula. Descendientes de familias ilustres, consideraron, acaso sin yerro, merecer no sólo el prestigio que rápidamente conquistaron, sino también la dirección política del país  (administrada por los jefes de los grupos provinciales) y sobre todo de una participación privilegiada en los negocios que el proyecto económico desplegaba. De un modo u otro, bajo diversas banderías políticas, este ultimo tilde, de participaciones y merecimientos, serían la constante de casi todos los gobiernos en el siglo venidero.
Su proyecto de desarrollo caracterizó la organización de la economía y la sociedad desde 1880 y, en gran medida, influyó en el desarrollo posterior de la Argentina.
Sus objetivos geopolíticos fueron consolidar el poder central y pacificar el país. Estos se cumplieron durante la primera presidencia de Roca, bajo el apotegma de Paz y administración.
En el plano económico propugnaron el libre cambio, el desarrollo de la explotación agropecuaria y su integración en el mercado internacional. La alianza estratégica con Inglaterra, sus ferrocarriles y las inversiones del gran capital británico, signarían el período.
Una de las características más importantes del proyecto del 80, fue la integración de la economía Argentina al mercado internacional, en las pautas de la división internacional del trabajo, que le otorgaba al país su lugar como exportador de alimentos y materias primas, en general estable hasta nuestros días.
El primer paso hacia la unidad nacional fue la nacionalización del ejército y luego aplastar las últimas rebeliones provinciales y avanzar en 1879 sobre el yermo e inexplotado territorio indígena, frenando las ambiciones expansionistas chilenas. Propiciaron la ramificación del telégrafo, que comunicó rápidamente al país y con el ferrocarril, desde el puerto de Buenos Aires hacia el interior, facilitaron el flujo de mercaderías.
El Estado Nacional ocupó, no sin enfrentamientos, los espacios que tradicionalmente ocupaba la Iglesia, tales como la educación y el registro y control de la población. Leyes como la 1420 de educación elemental, pública, obligatoria, gratuita y laica  y la 1565 de Registro Civil de las personas, por lo cual se abrieron en todo el país oficinas para asentar los nacimientos, casamientos y defunciones de las personas que hasta 1884 estaban a cargo de la Iglesia.
Produjo los códigos civil, comercial y criminal; las academias naval y militar para la formación de oficiales y se dictó la ley del servicio militar obligatorio, que imponía la conscripción de los ciudadanos argentinos de 20 años.
En las postrimerías del siglo XIX, un reducido número de países aglutinaban las vanguardias políticas, sociales y económicas del orbe. Las fuerzas de la burguesía capitalista, se expresaban con toda su potencia en Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Países Bajos, Alemania y Japón. Ellos generaron la denominada segunda revolución industrial, en la cual el capitalismo adquiere su madurez definitiva, su ideología política aunada a la innovación científico-tecnológica, que revolucionaría la producción de riqueza y culminaría en 1914 con la Primera Guerra Mundial.
La electricidad, la química, la energía del petróleo, cambiarían la faz de la tierra.
En este período comenzó también la expansión imperialista de estas potencias en África, la región del Pacífico y el Asia, con el propósito de ganar mercados para sus industrias que producían mercaderías en proporciones enormes.
El resto del planeta estaba sumido en un estado casi feudal, con economías rudimentarias y un considerable atraso político y social. Esa era la realidad del mundo que señalaban los tiempos modernos, frente a ella no había demasiados modos de oponerse a la pasividad colonial y a la desigualdad en los términos del intercambio que ello implicaba. La generación del 80 tomó la mejor decisión política posible en ese contexto histórico.
Francia había dejado atrás las luchas del siglo, con su tremendo saldo de millones de muertos y se erigía en república. Inglaterra expandía su imperio, los Estados Unidos no cesaban en su expansión territorial, anexando por la fuerza las ¾ partes de México, las Islas de Hawai, Filipinas y el Caribe Español. El imperio Alemán reclamaba su parte del botín Africano y el Liberalismo económico, con su máxima: laissez faire, laissez passer (dejad hacer y dejad pasar), representaba para todos ellos la ideología del Orden y el Progreso.
En ese marco histórico se debería analizar la acción de gobierno de la generación del 80. El mundo advertiría el nacimiento del socialismo recién a fines del siglo, las clases obreras comenzaban a andar su camino de reivindicaciones, los modernos criterios de justicia social y distribución de la riqueza no estaban aún planteados, de modo que aquellos hombres analizaron el mundo, las realidades del país, el estado de sus clases sociales, los sectores productivos mejor posicionados para la inserción internacional, los socios más convenientes, las alianzas geoestratégicas más útiles al proyecto nacional de entonces, las ventajas comparativas de la economía y la disponibilidad de dirigentes idóneos para llevar adelante el proceso, y a partir de allí, con visión de estadistas, tomaron las decisiones que modificarían el perfil de una Argentina que aún perdura.
En estos tiempos que corren,  numerosos dirigentes políticos pretenden ser cultores de un izquierdismo a la violeta y  falsean la historia. Anatemizan un pasado que colocó al país en un lugar de preponderancia en el mundo moderno, lugar que perdimos por gente como ellos.
Como peronistas, debemos recuperar nuestra doctrina, alejada de los sectarios que tanto daño le hacen a la república, y hallar inspiración en la tenacidad y el talento de quienes supieron fijar políticas de estado, con claros objetivos y alcanzarlos. Es el único camino para lograr una comunidad organizada.

domingo, 15 de mayo de 2011

La Medusa




En la mitología griega,  Medusa era una de las tres monstruosas gorgonas, que volvía de piedra a aquellos que la miraban. En lugar de cabellos tenía serpientes, como bien la pintó el Caravaggio.
En las sociedades modernas, una de las formas más obscenas de la demagogia es la falsedad histórica, Gorgona al fin, porque, metafóricamente, petrifica la memoria.
Entre las tantas falacias que se han forjado y que seguramente se forjarán en los 2920 días que sumarán los ocho años de gobierno Kirchnerista, resulta particularmente humillante para la inteligencia colectiva, la pretensión de presentar el advenimiento de Héctor Cámpora a la Presidencia de la nación como una bisagra política digna de encomio.
Nada más alejado de la verdad.
Cámpora asumió, en tanto que vicario de Perón, la primera magistratura de la república sin otras condiciones políticas que una ilimitada obsecuencia y su personalidad anodina. La incompetencia resultante se manifestó desde sus primeros actos de gobierno, cuando entornado por las facciones ultras, en particular el montonerismo y otros grupos subversivos, permitió las violentas revueltas de revanchismo estéril, alejadas del espíritu de concordia nacional que Perón pretendía. El desmadre en la Plaza de Mayo por parte de los violentos, el día de la asunción y un decreto presidencial firmado a los apurones, el cual habilitó a las formaciones especiales (Montoneros. ERP. FAR) para abrir a balazos la cárcel de Devoto, permitiendo la salida indiscriminada de delincuentes de todo tipo son tan solo dos ejemplos, el inicio por así decirlo, de lo que hoy se disfraza de primavera camporista. A decir verdad, fueron 49 días de tempestad social.
A poco de asumir, Cámpora viajó a Madrid para acompañar a Perón en su viaje de regreso al país. En tales circunstancias toda su gestión fue severamente juzgada y despreciada por el general, privándolo de su trato y separándolo del cargo para el cual había sido elegido. También fueron echados de la Plaza los desmesurados que pretendían una patria socialista por la que nadie había votado.
De ahí en más el accionar subversivo, despreciando al pueblo y a la democracia arduamente conquistada, ensangrentaría el gobierno de Perón hasta su muerte y por largo tiempo más, sus asesinatos y su violencia feroz, darían argumentos para acabar con la voluntad popular y dar inicio a otro terrorismo igualmente espantoso: El terrorismo de estado.
Ambos fueron dos horrendas serpientes en la cabeza de una misma medusa, autoritaria, violenta y feroz, que aún pervive, alimentada por un puñado de falsarios y los necios útiles de siempre.
Hasta la fecha, solo fueron juzgados los terroristas de un bando. Es tiempo que los argentinos enfrentemos nuestras lacras, nos pongamos de pie y de cara al futuro resolver de una vez por todas, en paz, en orden y con trabajo, los graves problemas que nos aquejan.
Deber, honor y patria conforman el espíritu social que nos conducirá a un país mejor.

OJO POR OJO




A la luz de los hechos sangrientos desencadenados por los marines norteamericanos en suelo Pakistaní, al asesinar a Osama Bin Laden,  nos vienen a la memoria las antiguas leyes de Hamurabi  y de Talión, bien expresadas en la piedra, en el Levítico bíblico y en el Corán  Todas instituían el mandato de vida por vida, ojo por ojo, mano por mano, pie por pie, herida por herida. Situada en su contexto, la terrible fórmula resulta ser tan sólo el testimonio conservado de uno de los primeros frenos aplicados al impulso humano de la venganza
Al rey babilónico Hammurabi (1728 -1686 AC) se le conoce por el Código que lleva su nombre, tallado en un bloque de piedra de unos 2,50 m de altura por 1,90 m de base y colocado en el templo de Sippar. Era su propósito homogeneizar jurídicamente el reino y la vida cotidiana de su pueblo.
La ley de Talión no remite a ningún rey ni dios, sino al adjetivo latino talis-tale, que significa «igual» o «semejante», y hace referencia a la proporción que deben guardar el delito y la pena.
Los crímenes de Bin Laden son inexpiables, y merecía el fin que tuvo. Pero ese fin nos lleva a preguntarnos que tanto ha evolucionado la sociedad humana en la resolución de sus conflictos. La respuesta puede ser frustrante para los optimistas.
No soy de los que practican un indiscriminado antinorteamericanismo, pero tampoco admiro todo lo que hacen. Parafraseando a alguien, el norteamericano me gusta, pero en su tierra. Cuando sale de ella, nos ha dado muestras de una brutalidad imperial impar, por la cual le robó la mitad de su territorio a México, las islas de Hawai a los maoríes con su reina e inundó de trapacerías la América Latina. De ello guardamos memoria. De su colaboración con los ingleses en Malvinas también. Venganza y Codicia son dos valores centrales en el gran país del norte.
Sin embargo es bueno intentar comprender estos procesos desde diversos puntos de vista para no caer en fanatismos maniqueos.
Erich From decía “La venganza es en cierto sentido un acto mágico: al aniquilar a quien cometió la atrocidad se deshace mágicamente su acción”. No estaba errado el psicoanalista de Frankfurt al agregar “[…] Aunque el hombre no siempre se puede defender del daño que le infligen, en su deseo de desquite trata de borrar la página y de negar mágicamente que se haya infligido el daño alguna vez.
La acción de los comandos de USA se inscribe en ese marco del ojo por ojo. Sin duda los festejos de ese pueblo por la muerte del terrorista muestran la pretensión de dar vuelta la página y superar el horror que despertó el atentado de las torres gemelas ordenado por el árabe.
Pero olvidan los norteamericanos que la violencia engendra violencia. Es en su pasado violento que los norteamericanos deberán indagar algún día la causa de sus males y sus bienes. La diferencia entre lo justo y lo legal.
Cuando el criminal nazi Eichmann fue secuestrado en Argentina, donde vivía con identidad falsa, se lo llevó a Israel donde se lo enjuició, resultando aquella acción mucho más civilizada que la ejecución sumaria de Bin Laden, pero en ambos casos expresan el recóndito impulso que anida en el alma humana de clamar venganza, reiniciando de tal modo el ciclo ominoso de la barbarie.