domingo, 26 de junio de 2011

EL MANIQUEISMO ANACRÓNICO DEL KIRCHNERISMO



Los libros, tal como yo los he escrito,
nunca antes habían sido escritos o revelados.
Manes (Kephalaia, c. 154).
                                                                           

Maniqueísmo es el nombre por el cual se conoce a la religión fundada por el sabio persa Manes en el siglo III, quien creía ser el último de los profetas enviados por Dios a la humanidad.
Los maniqueos eran dualistas, es decir,  creían que había una eterna lucha entre dos principios opuestos e irreductibles, el Bien y el Mal, que eran asociados a la Luz y a las Tinieblas.
En la práctica,  negaban la responsabilidad humana por los males cometidos, al creer que no son producto de la libre voluntad, sino del dominio del mal sobre nuestra vida. El maniqueísmo se concebía, desde sus orígenes, como la fe definitiva que invalidaba a todas las demás.
Agustín, luego de ser designado obispo de Hipona, sostuvo tres grandes controversias.
Contra los donatistas, quienes afirmaban que la iglesia católica había dejado de ser la iglesia de Cristo.
Contra los pelagianos, que sobrestimaban el poder de la voluntad humana, con omisión de la gracia para la salvación.
Por último, la controversia referida a la naturaleza  del mal contra los maniqueos, a partir de la cual elaboró su doctrina liber arbitrio.
Según Agustín, los hombres tienen la capacidad de obrar mal o bien gracias al libre albedrío, al contrario del dualismo maniqueo, que afirmaba que el interior del hombre era un campo de batalla para los principios cósmicos del bien y del mal, entreverados en lucha perpetua y de cuyo resultado dependía el obrar del hombre.
Esos problemas, que la filosofía resolvió hace siglos, en Argentina (país cuyo rasgo más notorio es la capacidad de sus dirigentes para reinventar lo ya inventado y empezar todo de nuevo) siguen vigentes. La anacrónica doctrina de los maniqueos fue exhumada por el último metabolito del proceso político nacional, el Kirchnerismo, y ejercida por sus adalides a lo largo del territorio.
Este producto político imaginario y su nefasto modelo real, al cabo de 8 años de praxis han llegado al punto de ebullición, pero pretenden continuarlo por un nuevo período presidencial y acaso lo consigan, si la masa de votantes, en uso de su liber arbitrio, lo permite.
En tal caso, continuará este relato histórico aberrante en el cual sus guionistas, siguiendo a pie juntillas la doctrina de Manes, dividen a los actores sociales en Los Buenos, es decir los Kirchneristas, disfrazados de revolucionarios setentistas y agrupados en una comparsa de mercenarios de variado linaje (camaleones, arribistas, militantes de la Cámpora y otras especies menores) cuyo denominador común es la corrupción y el revisionismo histórico falluto, enfrentados en lucha heroica con Los Malos, es decir los sectores productivos de la sociedad, las malditas corporaciones y la ciudadanía silenciosa que cree en una comunidad organizada, con orden y con progreso real, en lugar del así denominado progresismo, que consiste en repudiar las normas de convivencia, en fomentar falsas antinomias y en vaciar las arcas del estado en beneficio de un puñado de inescrupulosos clones de Schoklender y Bonafini, que se regodean haciendo de las suyas.
Y como telón de fondo, el cambalache de siempre: La miseria, la desocupación,  la prepotencia, la inflación, la educación defectuosa, la inseguridad,  la droga, el presupuesto arbitrario, los subsidios irracionales, los índices mentirosos y la fantasía de que con ellos (Los K) en el gobierno, seguimos siendo el mejor país del mundo.
Y que siga el corso… con los ojos en la nuca...



 

jueves, 16 de junio de 2011

1755

Riqueza y poder es lo que todos consideran como la mayor suerte.

Pero en esta vida, un poco de salud es lo mejor.

Aquello que los hombres llaman gobierno, es lucha mundana y batalla constante.

                                                                                                          Solimán

 

Solo los brumosos sueños, o ese otro sueño, la locura, toleran ser uno y ser otro en la diversidad del tiempo y el espacio. Allí las turbias aguas del Riachuelo confluyen con las del Tajo, las músicas se entremezclan y mi confusión se enhebra a la confusión de la vida.
Siempre hubo en la familia ancestros que descollaron en el arte de las construcciones. Mi tatarabuelo Castiñeira Gonçalvez sirvió a la Sublime Puerta, bajo Solimán el Magnífico, aquel príncipe que extendió las marcas del imperio Otomano hasta las puertas de Viena, y que convirtiera a Estambul en una de las ciudades más grandes y monumentales de Europa. Colaboró con su  genial arquitecto Sinán en la construcción de la maravillosa mezquita Süleiymaniye por lo cual fue generosamente recompensado. Mi abuelo Santos d ´Ouro estuvo junto a Tommaso Maria Napoli, el monje dominico nacido en Sicilia a principios del siglo XVIII, célebre por su tratado de arquitectura. Lo acompañó dos veces a Viena y sus obras constituyeron los primeros ejemplos de barroco siciliano, por caso, la Villa Valguarnera y  la Villa Palagonia, más conocida como Villa dei Mostri,  ambas en Bagheria.
Mi padre y su hermano mayor fueron bien considerados por el rey Pedro II, El Pacífico, para quien remodelaron el Palacio de Ribeira y la Capilla Manuelina.
En lo que a mi respecta, continué la tradición familiar al estudiar arquitectura en Coimbra, pero respeté mis inclinaciones al visteo de los cielos y me hice versado en astronomía en la Universidad de Valencia, junto a Joan Baptista Coratjà, matemático, físico, astrónomo y científico español, uno de los preilustrados españoles.
Cuando regresé a Lisboa corría el año 37 de mi existencia y del siglo XVIII.
Frecuenté los salones de Sebastião José de Carvalho e Melo, viejo compañero de andanzas universitarias y reanudamos con tal vigor nuestra amistad que nos volvimos inseparables. Por entonces, él había enviudado de Teresa de Mendonça e Almada y su espíritu turbulento precisaba de mi sociedad, en aquellos tiempos iniciáticos. Así fue que lo acompañé en sus embajadas a Londres y Viena y desde entonces permanecí como secretario fiel en todo el transcurso de su brillante carrera política.
Cuando en 1749 regresamos a Portugal, la reina María Ana de Austria arregló su casamiento con  la condesa Maria Leonor Ernestina Daun, hija del mariscal austriaco Leopold Joseph Daun. Luego de la  muerte del rey Juan V, su hijo José I, siguiendo una recomendación de la reina madre, nombró a Sebastião ministro de Asuntos Exteriores. Al contrario que su padre, José I le tuvo en gran aprecio y le confió gradualmente el control del estado.
Fueron años dichosos. Mis amoríos con su sobrina, Manuela Carvalho, terminaron en boda y así nos ligamos con  Sebastião por lazos familiares. Mi mujer me dio tres hijos y una vida conyugal apacible. Pero mi carácter tornábase permeable al escepticismo alrededor de los asuntos humanos. Por momentos adquiría la certeza de vivir una pesadilla.
Mis observaciones de la bóveda celeste me alejaron también,  paulatinamente, de la Teodicea y de la demostración racional de la existencia de Dios, así como de la banal descripción de su naturaleza y atributos. Afortunadamente ya habíamos menguado el poder de los Jesuitas en el reino y la inquisición declinaba en su vigor represivo, pues de lo contrario, yo no contaba el cuento.
De mis observaciones escribí un par de opúsculos filosófico-astronómicos. En uno de ellos denominé a la tierra como Capricho de Dios, ironizando sobre algunos supuestos bíblicos. Consideré los miles de millones de estrellas y planetas que orbitan el universo y afirmé que, era poco probable que el creador, si lo había, hubiere elegido esta minúscula piedra orbital, para hacer nacer y morir a su hijo, en una alejada provincia del imperio romano.
El cúmulo de mis actividades no posibilitaba una vida familiar plena y a veces pasaba meses fuera de mi casa. Constantes reuniones y viajes, adicionados a mi ánimo inquieto, me permitieron frecuentar los espíritus más preclaros de Europa, pero ya avanzada mi vida, el destino aún estaba por desatarse.
La última semana de octubre de 1755, viajamos con Sebastião a la villa de  Pombal para organizar una próxima reunión con los embajadores de las potencias continentales. Ese detalle nos mantuvo alejados de los espantosos sucesos que se desarrollarían en la capital el día de Todos los Santos.
Desayunábamos, cuando esa mañana del 1º de noviembre de 1755, una violenta sacudida de la tierra, dio por tierra  la cristalería de la casa resquebrajando pisos y paredes. Alarmados por la violencia del terremoto, regresamos al galope a Lisboa. Solo vimos a nuestro paso destrucción y ruinas. Quería despertar de ese mal sueño y no podía.
El temblor, según supe luego, duró entre tres y seis minutos, produciendo grietas gigantescas de cinco metros de ancho que se abrieron en el centro de ciudad. Los supervivientes, alejados en pos de seguridad, al espacio abierto que constituían los muelles, pudieron observar como el agua retrocedió, revelando el lecho del mar cubierto de restos de naufragios. Cuarenta minutos después, una agitación marina con olas de entre 6 y 20 metros engulleron el puerto y la zona del centro, subiendo aguas arriba del río Tajo. En las áreas no afectadas por el maremoto, los incendios surgieron rápidamente, y las llamas asolaron la ciudad durante cinco días.
De una población lisboeta de 275.000 habitantes, un tercio pereció, incluida mi mujer y dos de mis hijos. El dolor abrasó mi carne y mi alma. Solo el trabajo y el tiempo me ofrecerían algún consuelo.
El ochenta y cinco por ciento de los edificios de Lisboa resultaron destruidos, incluyendo palacios y bibliotecas, así como la mayoría de los ejemplos de la arquitectura manuelina, distintiva del siglo XVI portugués. Varios edificios que habían sufrido pocos daños a causa del terremoto fueron destruidos posteriormente por el fuego. El recién estrenado teatro de la ópera resultó destruido por el fuego hasta sus cimientos. El Palacio Real quedó destruido igual que el Teatro Real do Paço da Ribeira, situado frente al palacio. Dentro de éste, la biblioteca real que constaba de unos 70.000 volúmenes, así como de centenares de obras de arte, incluyendo pinturas de Tiziano, Rubens y Correggio, resultó destruida.
Sebastião de Melo ya era primer ministro del reino. Su temple de acero quedó en evidencia cuando, transido por la pena le pregunté :"¿Y ahora? Y me respondió: “Ahora se entierra a los muertos y se da de comer a los vivos.
--¿Acaso todo esto es un sueño? murmuré, procurando persuadirme.
Me miró fijamente y no respondió nada...
Los archivos reales desaparecieron junto con los detallados expedientes históricos que describían las exploraciones de Vasco da Gama y otros navegantes portugueses. El terremoto también destruyó importantes iglesias de Lisboa, como la catedral de Santa María, las basílicas de São Paulo, Santa Catarina, São Vicente de Fora, y la iglesia de la Misericordia. El Hospital Real de Todos los Santos fue consumido también por el fuego y centenares de enfermos murieron carbonizados.
El terror del pueblo era indescriptible. Nadie lloraba ya que el horror superaba la capacidad de derramar lágrimas. Todos corrían de un lado a otro, locos de espanto, golpeándose la cara y el pecho, gritando: ¡Misericordia! ¡Llegó el fin del mundo!
Las madres se olvidaban de sus hijos y corrían de un lado a otro llevando crucifijos. Desgraciadamente, muchos corrieron a refugiarse en las iglesias; pero en vano se expuso el sacramento; en vano aquella pobre gente abrazaba los altares; imágenes, sacerdotes y feligreses fueron envueltos en la misma ruina. Calculo que noventa mil personas perdieron la vida en aquel aciago día.
Las ruinas del Convento do Carmo las preservaríamos para recordar esos sucesos.

Una semana después fui designado al frente de un grupo de arquitectos, con la directriz expresa de reconstruir la ciudad y que esta fuera capaz de resistir futuros sismos.

Los edificios y plazas que reconstruimos con Sebastião de Melo significaron una tarea ciclópea. Pero no satisfecho con ello, realizó también una importante contribución para la ciencia, ya que elaboró una encuesta, que envió a todas las parroquias del país, en la que preguntaba si los perros y otros animales se comportaron de modo anómalo poco antes del terremoto, si el nivel de los pozos había subido o bajado en los días previos, o el número y tipo de edificios que habían sido destruidos. Estas preguntas permitieron a los científicos reconstruir el evento con la mayor exactitud posible.

Lisboa era la capital de un país devotamente católico, con una Iglesia omnipresente. La catástrofe tuvo lugar un día de fiesta católico y destruyó casi todas las iglesias importantes. De ahí a pensar que ello era la manifestación de la cólera de Dios no había mucho camino.
El terremoto influyó en muchos pensadores. Voltaire tocó el tema en Cándido y en el Poème sur le désastre de Lisbonne.  Lo aleatorio de la supervivencia humana fue probablemente lo que más marcó al filósofo y lo llevó a satirizar la idea, defendida por Leibniz y Alexander Pope, de que "éste es el mejor de los mundos posibles". El terremoto de Lisboa curó definitivamente a Voltaire y a muchos otros de las ideas en torno a la divinidad.
El joven Kant, fascinado con el sismo, recogió toda la información disponible y la usó para formular una teoría sobre las causas de terremotos y les digo que la célebre certeza  de la filosofía de Descartes, comenzó a convulsionarse como consecuencia del temblor de Lisboa.

Por lo que a mi respecta, supe desde ese día que estamos solos en el universo, sin nadie que nos cuide o nos castigue más allá de los espacios supralunares. Reyes y mendigos valen lo mismo ante el azar de las circunstancias.

Enterré a mis muertos queridos y traté de seguir viviendo como pude. Permanecí al lado de mi amigo, quien obtuvo el título de marqués de Pombal en 1770. Detentó el poder absoluto en el gobierno de Portugal hasta 1777. Tras la muerte de José I en 1779, la nueva reina María I de Portugal y su marido Pedro III, que detestaban al marqués, ordenaron que permaneciera a una distancia mínima de 20 millas de ellos. Cuando en el transcurso de algún viaje pasaban por alguna de sus propiedades, el Marqués era obligado por decreto a alejarse de su propia casa.

Mi amigo murió el año pasado y yo, un poco fatigado de este hábito cotidiano de existir, advirtiendo los destellos de la guadaña, me apresuro a escribir estas memorias antes de que sea demasiado tarde. Quedan  estas centenares de páginas plenas de vivencias, además de estos recuerdos precisos del año 1755, que se perderán como todo se pierde.

Mis tacos resuenan en el empedrado, cuya humedad refleja pobremente las luces esquineras. En esta mezcolanza alucinante, temo estar aún en una calleja de la Baixa, sin embargo, entreveo a lo lejos los altos muros de la estación e imagino los hierros que se pierden en la llanura hacia el sur. Aliento la esperanza de que allí concluya el horror y pueda encontrar la cobarde y efímera serenidad que ofrecen los sitios conocidos, a sabiendas que esta huída cierra y reinicia un ciclo desventurado e incesante, de vanas búsquedas de la inexistente cordura.

miércoles, 15 de junio de 2011

BORGES



Es casi un yerro decir que Borges ya no está. Que hace un cuarto de siglo que partió vaya uno a saber dónde. Sería como negar la inmortalidad que el universo confiere a unos pocos, aquí y allá, capaces de generar tanta belleza con su arte que transforman en tolerable la mediocridad del mundo.
Es cuento afirmar que se fue Borges. Si yo lo tengo acá nomás, al alcance de mi mano están, en el anaquel de la biblioteca, cada una de sus obras, todas esas palabras ordenadas de tal modo que producen el milagro repetido de alegrar y conmover. Esa extraña comunicación, ese juego selecto, según decía, que se establece entre el artista y el alma de quien se acerca a sus artificios.
Tambien alegó alguna vez, en verso para magnificar el asombro, que la providencia le había dado a algunos la sección o el arco, pero a Reyes la total circunferencia. Disculpe Borges, pero esa es una verdad a medias. Imagino verlo sonreír, con esa sonrisa de niño enorme. que aparecía tras la ironía sutil, con la cual enmarcaba algún epigrama, alguna metáfora o simplemente una broma sobre sí mismo. La mitad que le falta a su verdad  es que a usted también le fue dada la total circunferencia, y nosotros, lectores agradecidos,  negamos la ausencia suya.
Y vaya sabiendo, de paso, que en estos tiempos difíciles, por culpa hombres como usted da gusto sentirse argentino.

sábado, 11 de junio de 2011

UN MAL DE NUESTRO TIEMPO


CORRUPCIÓN E HIPOCRESÍA
 ¡Venid, mortales, venid,
a adornaros cada uno,
para que representéis
en el teatro del mundo!
       C. de la Barca




Es interesante advertir cómo la etimología de las palabras define con precisión aquello que a veces los ojos se niegan a ver.
Por caso, la palabra hipocresía, que proviene del griego hypocrisis, significa actuar, fingir, y por extensión, el hipócrita era aquel actor que representaba comedias o tragedias.
Por otra parte, la palabra corrupción, hoy tan utilizada para denominar una plaga endémica de la política oficial, deriva del latín corrumpere, que vale por decir romper, quebrar, separar  con el concurso de algún otro.
Cuando mencionaban la corrupción en el senado de la antigua Roma, utilizaban este verbo compuesto para expresar que el senado estaba roto o separado por alguien.
Así las sociedades atravesadas por la corrupción, están en forma simultánea atravesadas por la hipocresía. No hay corrupto que se declare como tal. Por el contrario todas las personas corruptas pretenden que se vea grandeza y bondad en aquello que aparentan, aunque sus fines y logros estén alejados de la realidad.
Entendemos por corrupción política ese conjunto de actitudes y actividades mediante las cuales una persona transgrede los compromisos adquiridos, utilizando los privilegios otorgados con el fin inconfesable de obtener beneficios ajenos al bien común. Por lo general se aplica a los gobernantes o los funcionarios elegidos o nombrados, que se dedican a aprovechar los recursos del Estado para enriquecerse.
Corrupción e hipocresía constituyen uno de los males centrales de nuestra sociedad, que de tal modo promueve injusticias[] y desigualdades sociales bajo un marco de engaños. Si a ello le sumamos la indiferencia social a este flagelo, la situación se torna de una gravedad enorme, incompatible con el sustento y desarrollo de la sociedad en cuestión.
Si bien La corrupción política es una realidad de dimensión mundial; su nivel de tolerancia o de combate evidencia la madurez política de cada país. Su denuncia, su combate y su aniquilación son decisivos, ya que en todos los aspectos de la vida nacional, socava la democracia y el buen gobierno, habida cuenta que supone un desacato e incluso una subversión de todos los procesos sociales


miércoles, 1 de junio de 2011

Curiosidades, misterios y conjeturas en torno a la divinidad y sus criaturas



Entre las teorías científicas cosmológicas, la denominada del Big Bang (Gran explosión) por el físico ruso-norteamericano George Gamow, es la que cuenta con mayor adhesión en la comunidad de especialistas.
Considera que el Universo comenzó hace unos 13.700 millones de años, con una explosión colosal en la que se crearon el espacio, el tiempo, la energía y la materia. Suponen que en el lejano porvenir, la fuerza de gravedad podría desacelerar el proceso expansivo, generando una contracción del universo (Implosión) y así desaparecer en la nada. Pero calma, luego otra explosión y otro Big Bang recomenzaría un ciclo infinito.
Ese  universo es la totalidad del espacio y del tiempo, de todas las formas de la materia, la energía y el impulso, las leyes y constantes físicas que las gobiernan. Por decirlo de otro modo, la suma de energía, tiempo, materia y nada.
Ese universo, observable mediante aparatillos pomposamente llamados instrumentos astronómicos, aparece conformado por masas luminosas que los sabios dieron en llamar galaxias, nebulosas, cúmulos, materia oscura, estrellas, diseminadas a lo largo y a lo ancho de 78.000 millones de años luz. No faltan quienes afirman que  hay varios universos o que el universo es infinito.
Actualmente muchos cosmólogos creen que el Universo observable está muy cerca de ser espacialmente plano, con arrugas locales donde los objetos masivos distorsionan el espacio-tiempo, de la misma forma que la superficie de un lago es casi plana. El color se asemejaría al del café con leche, y su densidad sería equivalente a la de un átomo de hidrógeno cada cuatro metros cúbicos de volumen universal.
Las galaxias abundan. Se estiman en 200.000 millones. Las más pequeñas abarcan alrededor de 3.000 millones de estrellas, las de mayor tamaño pueden contener más de un billón de astros. Estas últimas pueden tener un diámetro de 170.000 años luz, mientras que las primeras no suelen exceder de los 6.000 años luz. Una de ellas, ubicada en un arrabal del universo, es la Vía Láctea, en cuya periferia está el sol, nuestra estrella magna, en derredor de la cual orbitan nuestra tierra y otros 8 planetas.
Soles como el nuestro sumarían en el universo unos 300.000 trillones. El número de planetas es inconcebible. Similares a la tierra, según algunos optimistas, habría tan solo en la Vía láctea, miles de millones.
Es en este ínfimo escenario cósmico donde se desarrolla nuestra misérrima vida, breve, frágil, llena de temores e incertidumbres, sobre este celeste trozo de roca que gira y gira. Ante ese espanto del cotidiano existir, poco hay para hacer. O bien nos encogemos de hombros y caminamos por donde podemos, tratando de no embromar a nadie, o nos hincamos de rodillas y nos ponemos a orar, para que alguno de los innúmeros dioses, que han sido y serán en la teología humana, se apiade de nuestro lúgubre destino y nos dé una mano, o una esperanza, que viene a ser lo mismo.
En el primer caso, no hay de que preocuparse. En el segundo tampoco, aunque no lo sepan los arrodillados.
Y ya que hablamos de divinidades, para aquellos que son inclinados a la conjetura, han de resultar curiosos, en primer lugar, los motivos que el buen dios ( o los buenos dioses)  habrán tenido para dejar transcurrir más de 13.000 millones de años, desde el momento en que se dispusieron a cosificar todo este complejo asunto, hasta que eligieron, entre centenares de miles de trillones de pléyades, a esta estrellita de cuarta categoría, a la que llamamos sol, y entre los planetas que la orbitan, a esta minúscula tierra, para llenarla de plantas y animales, grandes y pequeños, en medio de los cuales nos encontramos nosotros, los humanos, recién llegados hace más o menos un millón de años, no sabemos muy bien para qué.
Al parecer somos los únicos dados al hábito de imaginar y construir sistemas mentales tan etéreos como pasajeros. También a destruirlos.
No menos misteriosos resultan los motivos del todopoderoso, para que, según algunos eruditos en estos asuntos, haya hecho nacer y morir a su hijo, aquí, en una lejana provincia del imperio romano, hace unas doscientas décadas, para después resucitarlo y llevárselo consigo. Unos 1700 millones de seres humanos creen seriamente en esto y confían en los buenos oficios de ambos, y de algunos vicarios, para mejorar sus existencias.
Otros 3 o 4 mil millones más creen en cosas parecidas.
Ínterin lo cual, como buenos homo sapiens que somos, nos matamos regularmente los unos a los otros, arrasamos el planeta, devoramos a todo bicho que camina y tratamos, si el insomnio lo permite, de dormir algunas horas, como si nada hubiera pasado. Y al despertar, trabajamos, robamos, componemos canciones de amor, poemas y salmos, para mayor gloria de Dios y nuestra.
Amén.