lunes, 23 de junio de 2014

PREMIO INTERNACIONAL "GARZÓN CÉSPEDES" DE MICROFICCIÓN DRAMATÚRGICA

MENCION DE HONOR A LA OBRA: "SALUD VINCULAR" de Eduardo Protto
 

En la veranda de una casa de reposo, frente al mar. Se oye el sonido de las olas. Un hombre en silla de ruedas, con un yeso en la pierna derecha y vendajes en la cabeza, habla a público, como si fuera otro internado en esa institución.

 ¡Que linda que es Mar del Plata! Tenía pensado este viaje desde hace tiempo. Lo único que estaba fuera de programa era la estadía en este sitio. No es porque la atención sea mala, al contrario. Pero, como decirle…Imaginaba que sería un viaje de fortalecimiento interior, dado que la relación con mi amante, roída por el paso del tiempo se había derrumbado. Ayudó a la caída el cortejo de miserias de su menopausia incipiente y el cúmulo de sus exigencias. Esa carcoma taladró la unión y provocó la ruptura. Le aclaro que ninguno de los dos hizo nada por evitarlo.
Yo no moví un dedo porque estaba harto de aguantar la monótona secuencia de sus malestares, la merma de su libido y lo que era el basamento del quilombo: Su pretensión de que yo fuera Aladino y que con la lámpara mágica le diera todos los gustos.
Ella tampoco hizo nada para reparar las cosas. Acaso porque entrevió la magnitud del ajuste que se venía con la Realpolitik que diseñé: Yo aspiraba a una pareja en el sentido etimológico del término latino: Par-paris, verbigracia: Iguales.
Dicho de otro modo, basta de viajes al exterior y salidas caras a cargo del que suscribe. Ese proyecto de fifty-fifty fue el principio del fin, porque es sabido que las mujeres son más proclives a soportar la miseria espiritual que la material.
Es fútil la idea romántica del que muere por el desapego de otro. Siempre afirmé que el amor es una enfermedad benigna. Fuego helado que hace pasar las de Caín, pero que rara vez lleva a la tumba. Ese es el misterio.
Lo inescrutable son los caprichos del hado.
Resulta inconcebible que esa decadente climatérica enganchara un feligrés que la financie. Créamelo, se levantó un fulano lleno de guita. ¡Y ni le cuento el auto importado que tiene!
Estaba escrito que este viaje ocultaba mi perdición.
Vea lo que es el destino…Yo cruzaba la avenida costanera, manso, en ojotas y malla rumbo a la playa en el preciso momento en que ellos pasaban a bordo del convertible. Me quedé estupefacto mirándolos. Ahí nomás una moto que venía a todo lo que daba me pasó por arriba. La saqué barata. Conmoción cerebral, fractura de fémur, costillas fisuradas y luxación de clavícula. Noventa días de yeso y una convicción absoluta: El amor no mata, pero el daño colateral que ocasiona puede ser ominoso.

martes, 3 de junio de 2014

SAINT MALO, CUNA DE CORSARIOS


 
Recorriendo Francia debemos habituarnos a la frecuente compañía del asombro y la emoción.
Cuando quedan atrás las tierras de Normandía y la estremecedora imagen del Monte Saint Michel y su monasterio, se despliegan las costas de Bretaña que ofrecen al viajero una de sus joyas más preciadas: La ciudadela de Saint Malo.
Antigua posesión del ducado de Bretaña, República en el 1490 por franca oposición al rey protestante Enrique IV pasó luego a ser ciudad mimada de Luis XIV, agradecido por las riquezas que sus marinos le arrebataban a los enemigos de la corona y depositaban a sus pies.
En una isla hoy devenida península, rodeada por una media docena de islotes nacarados por la espuma del mar, se sostiene el bello caserío que guarda celoso su historia milenaria. En el interior de sus murallas inexpugnables, más allá de sus altas torres y sus imponentes puertas de acceso, un laberinto de callejas con las bellas mansiones señoriales, nos inducen, allí en intramuros, a la evocación de otros días, ya perdidos en el pasado, cuando brillaba la opulencia de sus habitantes y resonaban las voces de los marinos y comerciantes, que lucraban ya pirateando en mares lejanos o bien explorando tierras impensadas, como las de Canadá o algunas islas del Atlántico sur, por caso las Islas Malvinas, que memoran el nombre de sus habitantes.
Jaques Cartier, Jacques Gouin de Beauchene y  Robert Surcouf eran entre otros aventureros, altivos hombres de hierro que en sus fragatas de madera forjaron la gloria de un pueblo, que desde el siglo VI, da que hablar a quienes centurias después pisamos sus piedras.
Ese promontorio rocoso batido por las olas, sobrevolado por gaviotas y cormoranes, acariciado por el verde mar,  desmesurado por el altibajo de las mareas, invita a pensar en mundos distantes, en héroes y corsarios que a fuerza de coraje e ingenio le obsequiaron a su ciudad uno de los puertos más poderosos de Francia y una flota temida y respetada en su época.
El tiempo ha pasado, la segunda guerra mundial con su furia destructora arrasó sus muros y muchos de sus tesoros arquitectónicos hoy pacientemente reconstruidos. Sin embargo, no todo está perdido en el ayer. Se percibe en ese sitio impar un aire de nostalgia, que flota aún en la vieja catedral de San Vicente donde están sepultados aquellos bravos,  o en los mudos cañones que los defendían.
 
No hemos de negar que simpatizamos con Saint Malo. Algo de su historia resuena en nosotros. Solo nos queda esperar el atardecer primaveral y sosegados tras la ardua caminata, sentarnos amablemente en algún Café de Saint Malo, pedir unas ostras y con un buen vino brindar por la dicha de estar allí.