jueves, 6 de agosto de 2015

EL PERONISMO RESIDUAL


Entendemos por residuo a todo aquello que luego de haber cumplido su ciclo o de haber servido bien o mal para una actividad o función determinada, pierde su valor y es descartado.
Esto sucede en todos los aspectos de la evolución humana, tanto en sus aspectos biológicos, como en los sociales, sean estos culturales, económicos o políticos.
El Peronismo que fue un movimiento histórico surgido en Argentina al promediar la década de 1940, al calor del liderazgo del General Perón, en una sólida alianza principal con la clase obrera y los sindicatos, algunos sectores de la clase media, con las masas empobrecidas del interior y de los centros urbanos, además de algunas organizaciones políticas fragmentadas del radicalismo y del conservadurismo, tuvo como todo movimiento histórico, una primera fase ascendente con su apogeo y una declinación con su perigeo
Ese ciclo, con sus altibajos, concluyó esencialmente con la muerte de Perón en 1974 y su único heredero debía ser el pueblo.
Lo que vino después podría definirse como Neoperonismo, Peronismo sin Perón o Peronismo residual, meras caricaturas del Peronismo original multiplicadas en diversas corrientes políticas a partir de 1955. La primera fue el partido Unión Popular de Juan Atilio Bramuglia, ex abogado sindical de la Unión Ferroviaria y Ministro de Relaciones Exteriores de Perón entre 1946/49.Otros dirigentes adhirieron al ideario del neoperonismo, como Augusto Vandor, Rodolfo Tecera del Franco, Atilio García Mellid, Raúl Matera y Felipe Sapag.
Mutatis mutandi a 75 años de distancia, aquel Partido Justicialista que fuera historia hoy se ha travestido en mitología, es decir un conjunto de mentiras que a fuerza de repetirlas acaban siendo verdades.
Ese Peronismo residual, inútil ya para la grandeza de la Patria y la felicidad del Pueblo, pasó a ser una cáscara vacía de principios, mera herramienta al servicio de los fines inconfesables de variados oportunistas de turno, autoproclamados herederos de Perón.
Poco importa que se denominen circunstancialmente menemistas, kirchneristas o fulanistas de tal. Ellos y sus legiones de militantes rentados persisten en agitar los viejos mitos para no perder sus nuevos privilegios.
Todos por igual son metabolitos de aquella sustancia original que se llamara Peronismo. Tóxicos residuos políticos que deberán ser enterrados profundamente en el olvido para que no sigan contaminando a esta sociedad dividida, atravesada por la pobreza, por la ignorancia y la violencia, todas ellas siempre negadas pero persistentes en su sombría realidad.


jueves, 23 de julio de 2015

EL CARNAVAL DE LOS LADRONES



El carnaval es una antigua celebración pagana, cuyos orígenes se remontan a Sumeria y Egipto 50 siglos atrás. Pasó luego al Imperio Romano con los desbordes de sus bacanales y lupercales. Estos festejos llegaron a América en el siglo XV, con el bagaje cultural de los conquistadores.
En los tiempos presentes es una celebración que ocurre antes de la cuaresma cristiana, y que se representa como una mascarada, no desprovista de permisividad y descontrol. Bien dicen que en la noche del carnaval todo vale.
Esa festichola que en el resto del planeta dura un par de semanas a lo sumo, en Argentina se puede prolongar por más de una década, con la particularidad de que la mayoría de los travestidos, son ladrones. Ocultos tras las máscaras y sus abigarrados disfraces, mientras los ingenuos arrojan serpentinas y papel picado, ellos se ocupan del latrocinio, es decir del hurto y el fraude, especialmente orientado contra los caudales públicos y que derivan, como se advierte, en la miseria colectiva.
La comparsa del Kirchnerismo ha sido aplaudida tanto por los participantes del saqueo, como por circunstanciales simpatizantes, ya interesados, ya distraídos, ya portadores de una crónica estulticia.
Lo cierto es que en las postrimerías de este Carnaval de Ladrones nos queda un país devastado en lo político, en lo social y en lo económico.
Una republiqueta inmersa en la corrupción que siembra miserias y pobrezas, atravesada por la inseguridad de las mafias criminales, inevitablemente asociadas al poder político; con una educación abominable que perpetúa la ignorancia de las masas, con una justicia pisoteada y una sociedad agrietada, empobrecida, violenta y confusa.
Estas que señalamos son algunas de las mugres que pacientemente habrá que limpiar una vez concluida esta fiesta abominable.
Caerán las máscaras, los ladrones millonarios serán señalados, sus cómplices serán reconocidos y muchos se ocultaran indignamente: Pero será tarde: El daño causado no será fácil de superar. Y sobrevuela aún la amenaza que, elecciones de por medio, el Carnaval de los Ladrones prosiga.
La sociedad en su conjunto deberá hacerse cargo de tanta permisividad y del descontrol irresponsable que toleró, lucrando o haciendo la vista gorda ante el corso siniestro que montaron una camarilla de delincuentes. Los pueblos son responsables de su presente y su futuro.
El destrozo, como siempre, lo pagarán aquellos que trabajan y producen decentemente.
Al que le quepa el sayo que se lo ponga.

jueves, 12 de febrero de 2015

LA BALSA DE MEDUSA



La balsa de la Medusa es una obra maestra del pintor francés Théodore Géricault. La pintura, terminada cuando el artista tenía menos de 30 años, se convirtió en un ícono del Romanticismo francés.
Ella representa una escena posterior al naufragio de la fragata de la marina francesa Méduse, que encalló frente a la costa de Mauritania el 5 de julio de 1816. Al menos 147 personas quedaron a la deriva en una balsa construida apresuradamente y todas ellas, excepto 15, murieron durante los 13 días que tardaron en ser rescatadas. Los supervivientes debieron soportar el hambre, la deshidratación, el canibalismo y la locura. El suceso llegó a ser un escándalo internacional, en parte porque sus causas fueron atribuidas a la incompetencia del capitán francés que actuaba bajo la autoridad de la reciente y restaurada monarquía francesa.
Según el crítico Jonathan Miles, la balsa arrastró a los supervivientes hacia las fronteras de la experiencia humana. Desquiciados, sedientos y hambrientos, asesinaron a los amotinados, comieron de sus compañeros muertos y mataron a los más débiles.
Si algún compatriota razonable observara este óleo en el museo del Louvre, no sorprendería que la asociara a la imagen final del régimen Kirchnerista.
Náufragos desorientados por la impericia del mando, envilecidos por el ejercicio de la corrupción y la alienación autoritaria, tanto CFK y su gabinete de genuflexos como la mano de obra aplaudidora, desocupada a futuro,  boyan a la deriva en un mar de tribulaciones. Carentes de timón firme, emiten a voces opiniones a cuál de ellas más desmesuradas o lastimosas. Sus imprecaciones salpican a medio mundo al que imaginan culpable de sus males, mientras se enlodan y marchan hacia el ocaso, donde los aguarda el desdoro irrevocable de la historia y el unánime desprecio de la sociedad productiva y democrática.
Corifeos de esa tragedia son los liliputienses del Partido Justicialista, principales enterradores del Peronismo del último Perón, por los consabidos treinta dineros. Todos ellos ínfimos candidatos al canibalismo electoral y al deshonor vitalicio.
Nada les importa la muerte Nissman y el desasosiego de toda una sociedad, atravesada por la inseguridad, la injusticia, la inflación, el atraso y la incertidumbre. Nada les importa la decadencia centenaria del país mientras engorden sus billeteras. Nada les importa haber utilizado a los espías de la SIDE para aniquilar opositores. Aprendices de Himmler recitan su credo: La crueldad impone respeto.

Disfrazados de héroes, hundidos en el fangal de sus fines inconfesables, gritan y bailan en el patio de las palmeras de la Casa Rosada, devenida patético símil de la pintura de Gericault, transmitida por cadena nacional.