martes, 3 de junio de 2014

SAINT MALO, CUNA DE CORSARIOS


 
Recorriendo Francia debemos habituarnos a la frecuente compañía del asombro y la emoción.
Cuando quedan atrás las tierras de Normandía y la estremecedora imagen del Monte Saint Michel y su monasterio, se despliegan las costas de Bretaña que ofrecen al viajero una de sus joyas más preciadas: La ciudadela de Saint Malo.
Antigua posesión del ducado de Bretaña, República en el 1490 por franca oposición al rey protestante Enrique IV pasó luego a ser ciudad mimada de Luis XIV, agradecido por las riquezas que sus marinos le arrebataban a los enemigos de la corona y depositaban a sus pies.
En una isla hoy devenida península, rodeada por una media docena de islotes nacarados por la espuma del mar, se sostiene el bello caserío que guarda celoso su historia milenaria. En el interior de sus murallas inexpugnables, más allá de sus altas torres y sus imponentes puertas de acceso, un laberinto de callejas con las bellas mansiones señoriales, nos inducen, allí en intramuros, a la evocación de otros días, ya perdidos en el pasado, cuando brillaba la opulencia de sus habitantes y resonaban las voces de los marinos y comerciantes, que lucraban ya pirateando en mares lejanos o bien explorando tierras impensadas, como las de Canadá o algunas islas del Atlántico sur, por caso las Islas Malvinas, que memoran el nombre de sus habitantes.
Jaques Cartier, Jacques Gouin de Beauchene y  Robert Surcouf eran entre otros aventureros, altivos hombres de hierro que en sus fragatas de madera forjaron la gloria de un pueblo, que desde el siglo VI, da que hablar a quienes centurias después pisamos sus piedras.
Ese promontorio rocoso batido por las olas, sobrevolado por gaviotas y cormoranes, acariciado por el verde mar,  desmesurado por el altibajo de las mareas, invita a pensar en mundos distantes, en héroes y corsarios que a fuerza de coraje e ingenio le obsequiaron a su ciudad uno de los puertos más poderosos de Francia y una flota temida y respetada en su época.
El tiempo ha pasado, la segunda guerra mundial con su furia destructora arrasó sus muros y muchos de sus tesoros arquitectónicos hoy pacientemente reconstruidos. Sin embargo, no todo está perdido en el ayer. Se percibe en ese sitio impar un aire de nostalgia, que flota aún en la vieja catedral de San Vicente donde están sepultados aquellos bravos,  o en los mudos cañones que los defendían.
 
No hemos de negar que simpatizamos con Saint Malo. Algo de su historia resuena en nosotros. Solo nos queda esperar el atardecer primaveral y sosegados tras la ardua caminata, sentarnos amablemente en algún Café de Saint Malo, pedir unas ostras y con un buen vino brindar por la dicha de estar allí.
 
 

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