
Entre las teorías científicas cosmológicas, la denominada del Big Bang (Gran explosión) por el físico ruso-norteamericano George Gamow, es la que cuenta con mayor adhesión en la comunidad de especialistas.
Considera que el Universo comenzó hace unos 13.700 millones de años, con una explosión colosal en la que se crearon el espacio, el tiempo, la energía y la materia. Suponen que en el lejano porvenir, la fuerza de gravedad podría desacelerar el proceso expansivo, generando una contracción del universo (Implosión) y así desaparecer en la nada. Pero calma, luego otra explosión y otro Big Bang recomenzaría un ciclo infinito.
Ese universo es la totalidad del espacio y del tiempo, de todas las formas de la materia, la energía y el impulso, las leyes y constantes físicas que las gobiernan. Por decirlo de otro modo, la suma de energía, tiempo, materia y nada.
Ese universo, observable mediante aparatillos pomposamente llamados instrumentos astronómicos, aparece conformado por masas luminosas que los sabios dieron en llamar galaxias, nebulosas, cúmulos, materia oscura, estrellas, diseminadas a lo largo y a lo ancho de 78.000 millones de años luz. No faltan quienes afirman que hay varios universos o que el universo es infinito.
Actualmente muchos cosmólogos creen que el Universo observable está muy cerca de ser espacialmente plano, con arrugas locales donde los objetos masivos distorsionan el espacio-tiempo, de la misma forma que la superficie de un lago es casi plana. El color se asemejaría al del café con leche, y su densidad sería equivalente a la de un átomo de hidrógeno cada cuatro metros cúbicos de volumen universal.
Las galaxias abundan. Se estiman en 200.000 millones. Las más pequeñas abarcan alrededor de 3.000 millones de estrellas, las de mayor tamaño pueden contener más de un billón de astros. Estas últimas pueden tener un diámetro de 170.000 años luz, mientras que las primeras no suelen exceder de los 6.000 años luz. Una de ellas, ubicada en un arrabal del universo, es la Vía Láctea, en cuya periferia está el sol, nuestra estrella magna, en derredor de la cual orbitan nuestra tierra y otros 8 planetas.
Soles como el nuestro sumarían en el universo unos 300.000 trillones. El número de planetas es inconcebible. Similares a la tierra, según algunos optimistas, habría tan solo en la Vía láctea, miles de millones.
Es en este ínfimo escenario cósmico donde se desarrolla nuestra misérrima vida, breve, frágil, llena de temores e incertidumbres, sobre este celeste trozo de roca que gira y gira. Ante ese espanto del cotidiano existir, poco hay para hacer. O bien nos encogemos de hombros y caminamos por donde podemos, tratando de no embromar a nadie, o nos hincamos de rodillas y nos ponemos a orar, para que alguno de los innúmeros dioses, que han sido y serán en la teología humana, se apiade de nuestro lúgubre destino y nos dé una mano, o una esperanza, que viene a ser lo mismo.
En el primer caso, no hay de que preocuparse. En el segundo tampoco, aunque no lo sepan los arrodillados.
Y ya que hablamos de divinidades, para aquellos que son inclinados a la conjetura, han de resultar curiosos, en primer lugar, los motivos que el buen dios ( o los buenos dioses) habrán tenido para dejar transcurrir más de 13.000 millones de años, desde el momento en que se dispusieron a cosificar todo este complejo asunto, hasta que eligieron, entre centenares de miles de trillones de pléyades, a esta estrellita de cuarta categoría, a la que llamamos sol, y entre los planetas que la orbitan, a esta minúscula tierra, para llenarla de plantas y animales, grandes y pequeños, en medio de los cuales nos encontramos nosotros, los humanos, recién llegados hace más o menos un millón de años, no sabemos muy bien para qué.
Al parecer somos los únicos dados al hábito de imaginar y construir sistemas mentales tan etéreos como pasajeros. También a destruirlos.
No menos misteriosos resultan los motivos del todopoderoso, para que, según algunos eruditos en estos asuntos, haya hecho nacer y morir a su hijo, aquí, en una lejana provincia del imperio romano, hace unas doscientas décadas, para después resucitarlo y llevárselo consigo. Unos 1700 millones de seres humanos creen seriamente en esto y confían en los buenos oficios de ambos, y de algunos vicarios, para mejorar sus existencias.
Otros 3 o 4 mil millones más creen en cosas parecidas.
Ínterin lo cual, como buenos homo sapiens que somos, nos matamos regularmente los unos a los otros, arrasamos el planeta, devoramos a todo bicho que camina y tratamos, si el insomnio lo permite, de dormir algunas horas, como si nada hubiera pasado. Y al despertar, trabajamos, robamos, componemos canciones de amor, poemas y salmos, para mayor gloria de Dios y nuestra.
Amén.
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