Riqueza y poder es lo que todos consideran como la mayor suerte.
Pero en esta vida, un poco de salud es lo mejor.
Aquello que los hombres llaman gobierno, es lucha mundana y batalla constante.
Solimán
Solo los brumosos sueños, o ese otro sueño, la locura, toleran ser uno y ser otro en la diversidad del tiempo y el espacio. Allí las turbias aguas del Riachuelo confluyen con las del Tajo, las músicas se entremezclan y mi confusión se enhebra a la confusión de la vida.
Siempre hubo en la familia ancestros que descollaron en el arte de las construcciones. Mi tatarabuelo Castiñeira Gonçalvez sirvió a la Sublime Puerta, bajo Solimán el Magnífico, aquel príncipe que extendió las marcas del imperio Otomano hasta las puertas de Viena, y que convirtiera a Estambul en una de las ciudades más grandes y monumentales de Europa. Colaboró con su genial arquitecto Sinán en la construcción de la maravillosa mezquita Süleiymaniye por lo cual fue generosamente recompensado. Mi abuelo Santos d ´Ouro estuvo junto a Tommaso Maria Napoli, el monje dominico nacido en Sicilia a principios del siglo XVIII, célebre por su tratado de arquitectura. Lo acompañó dos veces a Viena y sus obras constituyeron los primeros ejemplos de barroco siciliano, por caso, la Villa Valguarnera y la Villa Palagonia, más conocida como Villa dei Mostri, ambas en Bagheria.
Mi padre y su hermano mayor fueron bien considerados por el rey Pedro II, El Pacífico, para quien remodelaron el Palacio de Ribeira y la Capilla Manuelina.
En lo que a mi respecta, continué la tradición familiar al estudiar arquitectura en Coimbra, pero respeté mis inclinaciones al visteo de los cielos y me hice versado en astronomía en la Universidad de Valencia, junto a Joan Baptista Coratjà, matemático, físico, astrónomo y científico español, uno de los preilustrados españoles.
Cuando regresé a Lisboa corría el año 37 de mi existencia y del siglo XVIII.
Frecuenté los salones de Sebastião José de Carvalho e Melo, viejo compañero de andanzas universitarias y reanudamos con tal vigor nuestra amistad que nos volvimos inseparables. Por entonces, él había enviudado de Teresa de Mendonça e Almada y su espíritu turbulento precisaba de mi sociedad, en aquellos tiempos iniciáticos. Así fue que lo acompañé en sus embajadas a Londres y Viena y desde entonces permanecí como secretario fiel en todo el transcurso de su brillante carrera política.
Cuando en 1749 regresamos a Portugal, la reina María Ana de Austria arregló su casamiento con la condesa Maria Leonor Ernestina Daun, hija del mariscal austriaco Leopold Joseph Daun. Luego de la muerte del rey Juan V, su hijo José I, siguiendo una recomendación de la reina madre, nombró a Sebastião ministro de Asuntos Exteriores. Al contrario que su padre, José I le tuvo en gran aprecio y le confió gradualmente el control del estado.
Fueron años dichosos. Mis amoríos con su sobrina, Manuela Carvalho, terminaron en boda y así nos ligamos con Sebastião por lazos familiares. Mi mujer me dio tres hijos y una vida conyugal apacible. Pero mi carácter tornábase permeable al escepticismo alrededor de los asuntos humanos. Por momentos adquiría la certeza de vivir una pesadilla.
Mis observaciones de la bóveda celeste me alejaron también, paulatinamente, de la Teodicea y de la demostración racional de la existencia de Dios, así como de la banal descripción de su naturaleza y atributos. Afortunadamente ya habíamos menguado el poder de los Jesuitas en el reino y la inquisición declinaba en su vigor represivo, pues de lo contrario, yo no contaba el cuento.
De mis observaciones escribí un par de opúsculos filosófico-astronómicos. En uno de ellos denominé a la tierra como Capricho de Dios, ironizando sobre algunos supuestos bíblicos. Consideré los miles de millones de estrellas y planetas que orbitan el universo y afirmé que, era poco probable que el creador, si lo había, hubiere elegido esta minúscula piedra orbital, para hacer nacer y morir a su hijo, en una alejada provincia del imperio romano.
El cúmulo de mis actividades no posibilitaba una vida familiar plena y a veces pasaba meses fuera de mi casa. Constantes reuniones y viajes, adicionados a mi ánimo inquieto, me permitieron frecuentar los espíritus más preclaros de Europa, pero ya avanzada mi vida, el destino aún estaba por desatarse.
La última semana de octubre de 1755, viajamos con Sebastião a la villa de Pombal para organizar una próxima reunión con los embajadores de las potencias continentales. Ese detalle nos mantuvo alejados de los espantosos sucesos que se desarrollarían en la capital el día de Todos los Santos.
Desayunábamos, cuando esa mañana del 1º de noviembre de 1755, una violenta sacudida de la tierra, dio por tierra la cristalería de la casa resquebrajando pisos y paredes. Alarmados por la violencia del terremoto, regresamos al galope a Lisboa. Solo vimos a nuestro paso destrucción y ruinas. Quería despertar de ese mal sueño y no podía.
El temblor, según supe luego, duró entre tres y seis minutos, produciendo grietas gigantescas de cinco metros de ancho que se abrieron en el centro de ciudad. Los supervivientes, alejados en pos de seguridad, al espacio abierto que constituían los muelles, pudieron observar como el agua retrocedió, revelando el lecho del mar cubierto de restos de naufragios. Cuarenta minutos después, una agitación marina con olas de entre 6 y 20 metros engulleron el puerto y la zona del centro, subiendo aguas arriba del río Tajo. En las áreas no afectadas por el maremoto, los incendios surgieron rápidamente, y las llamas asolaron la ciudad durante cinco días.
De una población lisboeta de 275.000 habitantes, un tercio pereció, incluida mi mujer y dos de mis hijos. El dolor abrasó mi carne y mi alma. Solo el trabajo y el tiempo me ofrecerían algún consuelo.
El ochenta y cinco por ciento de los edificios de Lisboa resultaron destruidos, incluyendo palacios y bibliotecas, así como la mayoría de los ejemplos de la arquitectura manuelina, distintiva del siglo XVI portugués. Varios edificios que habían sufrido pocos daños a causa del terremoto fueron destruidos posteriormente por el fuego. El recién estrenado teatro de la ópera resultó destruido por el fuego hasta sus cimientos. El Palacio Real quedó destruido igual que el Teatro Real do Paço da Ribeira, situado frente al palacio. Dentro de éste, la biblioteca real que constaba de unos 70.000 volúmenes, así como de centenares de obras de arte, incluyendo pinturas de Tiziano, Rubens y Correggio, resultó destruida.
Sebastião de Melo ya era primer ministro del reino. Su temple de acero quedó en evidencia cuando, transido por la pena le pregunté :"¿Y ahora? Y me respondió: “Ahora se entierra a los muertos y se da de comer a los vivos.
--¿Acaso todo esto es un sueño? murmuré, procurando persuadirme.
Me miró fijamente y no respondió nada...
Los archivos reales desaparecieron junto con los detallados expedientes históricos que describían las exploraciones de Vasco da Gama y otros navegantes portugueses. El terremoto también destruyó importantes iglesias de Lisboa, como la catedral de Santa María, las basílicas de São Paulo, Santa Catarina, São Vicente de Fora, y la iglesia de la Misericordia. El Hospital Real de Todos los Santos fue consumido también por el fuego y centenares de enfermos murieron carbonizados.
El terror del pueblo era indescriptible. Nadie lloraba ya que el horror superaba la capacidad de derramar lágrimas. Todos corrían de un lado a otro, locos de espanto, golpeándose la cara y el pecho, gritando: ¡Misericordia! ¡Llegó el fin del mundo!
Las madres se olvidaban de sus hijos y corrían de un lado a otro llevando crucifijos. Desgraciadamente, muchos corrieron a refugiarse en las iglesias; pero en vano se expuso el sacramento; en vano aquella pobre gente abrazaba los altares; imágenes, sacerdotes y feligreses fueron envueltos en la misma ruina. Calculo que noventa mil personas perdieron la vida en aquel aciago día.
Las ruinas del Convento do Carmo las preservaríamos para recordar esos sucesos.
Una semana después fui designado al frente de un grupo de arquitectos, con la directriz expresa de reconstruir la ciudad y que esta fuera capaz de resistir futuros sismos.
Los edificios y plazas que reconstruimos con Sebastião de Melo significaron una tarea ciclópea. Pero no satisfecho con ello, realizó también una importante contribución para la ciencia, ya que elaboró una encuesta, que envió a todas las parroquias del país, en la que preguntaba si los perros y otros animales se comportaron de modo anómalo poco antes del terremoto, si el nivel de los pozos había subido o bajado en los días previos, o el número y tipo de edificios que habían sido destruidos. Estas preguntas permitieron a los científicos reconstruir el evento con la mayor exactitud posible.
Lisboa era la capital de un país devotamente católico, con una Iglesia omnipresente. La catástrofe tuvo lugar un día de fiesta católico y destruyó casi todas las iglesias importantes. De ahí a pensar que ello era la manifestación de la cólera de Dios no había mucho camino.
El terremoto influyó en muchos pensadores. Voltaire tocó el tema en Cándido y en el Poème sur le désastre de Lisbonne. Lo aleatorio de la supervivencia humana fue probablemente lo que más marcó al filósofo y lo llevó a satirizar la idea, defendida por Leibniz y Alexander Pope, de que "éste es el mejor de los mundos posibles". El terremoto de Lisboa curó definitivamente a Voltaire y a muchos otros de las ideas en torno a la divinidad.
El joven Kant, fascinado con el sismo, recogió toda la información disponible y la usó para formular una teoría sobre las causas de terremotos y les digo que la célebre certeza de la filosofía de Descartes, comenzó a convulsionarse como consecuencia del temblor de Lisboa.

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