lunes, 30 de mayo de 2011

Cuando la corrupción es una enfermedad de la política


Que la República Argentina padece una endemia de corrupción, no es algo que asombre, pero hay sígnos que anuncian que lo peor está por venir, y eso si es alarmante.
Cuán enferma estará una sociedad y un gobierno, cuan alterado estará el país, cuando los desposeídos, los sin techos, los marginales del modelo, que suman millones, deben esperar a que el problema de la vivienda lo resuelva Hebe de Bonafini y Sergio Schoklender, fundamentalista del terrorismo y doble parricida respectivamente.
Ellos, nos  enteramos por los diarios, son los administradores de fondos públicos estimados en 300 millones de dólares, que el gobierno nacional les transfería alegremente, para que la Fundación que preside la Sra. Bonafini y gerencia el Sr. Schoklender construyeran viviendas, a costos que se sitúan al doble de obras similares, eso sí… cuando las construían.
¿Y los órganos de control del estado?  Bien, gracias. Ocupados en lo que ya sabemos.
Tamaña corrupción tiene su raíz en un gobierno que prohijó a estos personajes, útiles a la demagógica retórica de los derechos humanos, y que no reconocen otro derecho que el de negar la historia y llenarse los bolsillos.
Alli están, para que reflexionemos, los aviones, el yate, la mansión de Schoklender y la estatura moral de Bonafini, que los argentinos pagamos y toleramos. Ahí está el robo descarado de los dineros públicos, con la complicidad de quienes desde el estado deberían velar por la honestidad en el manejo de los recursos y la equidad en su distribución.
 ¿A que pedirle peras al olmo? La argentina está enferma y el síntoma preocupante es la corrupción de una clase política que le ha causado a la sociedad argentina sufrimientos indecibles.
Sólo el pueblo salvará al pueblo, dijo alguien. El tiempo le dará razón, si estaba en lo cierto.

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