OTUR
Yo no hablo de venganzas ni perdones,
el olvido es la única venganza y el único perdón.
J.L. Borges
En el occidente asturiano se alza Otur, un diminuto poblado costero, no lejos de la Villa de Luarca, atravesado por la carretera cantábrica. El caserío subsiste a duras penas con la agricultura o la ganadería rudimentaria. Si algún atractivo posee el sitio, se lo debe a la naturaleza, que lo bordeó con bonitas playas, pequeñas albuferas, dunas y marismas.
Hacia allí se dirigía el hombre del impermeable azul, quien por su acento se diría italiano. Abandonó el hotel en Biarritz, manejando un Peugeot 404, con el cual cruzó la frontera una mañana de Septiembre.
Como a veces sucede, en medio de la pobreza general, existen individuos o familias acomodadas, sea por la posesión de las mejores tierras y negocios, o bien por el poder político que detentan y así, naturalmente, conforman la ínfima y respetada burguesía de la comarca.
Los García Martínez, cuya casona aún se alza a la vera de la ruta, pertenecieron desde tiempos inmemoriales al bando de los que mandaban en esa comarca. Durante la guerra civil, los hijos del viejo Felipe, jefe del clan, Juan y José Luís, abrigaron simpatías encontradas. El mayor, Juan, era un solterón admirador de Franco. Tan es así que fue oficial en las brigadas de Navarra, en tanto que Luís marchó a las trincheras a pelear por la República. Su mujer y sus dos hijas quedaron al cuidado del viejo.
El camino, que serpenteaba por las montañas y los bosques que amurallan el Principado, era el mismo que el italiano emprendiera dos meses antes, cuando planificó, hasta en los mínimos detalles, el trabajo que le encomendaron y que ahora concluiría.
Terminada la lucha, José Luís huyó a Francia y después, ya reunido con su familia, partió para la Argentina, radicándose en Buenos Aires. En el remoto país, al parecer hizo fortuna con la industria o el comercio textil y murió de peritonitis, en el año 1952.
La hija menor, Lucía, se hizo cargo de los negocios y los hizo prosperar con singular tenacidad, en tanto que, Pepa, la mayor, retraída y de pocas luces, cuidaba de la madre y de la casa. Esta historia, cuyos rasgos son comunes a tantas otras historias de inmigrantes, ocultaba un tilde secreto que la ennegrecía y que, cuando lo supe, dio pie a este relato.
El viajero hizo noche en Santander, y luego de cenar, recostado en la penumbra de su cuarto, repasó mentalmente cada uno de los pasos establecidos para cumplir con bien la tarea ya remunerada.
Cuando en octubre de 1937 el Consejo y el Estado Mayor republicano abandonaron Gijón, la resistencia se desmoronó, y de tal modo, al ser ocupada la región por las Brigadas Navarras, desapareció el Frente del Norte.
Juan, con el grado de Mayor, fue recibido en triunfo por su pueblo, máxime cuando se supo que comandaría el Consejo Provincial. También, como era de esperar, se ocupó de su familia, ya que el padre estaba con un pie en la tumba.
Dejó el Peugeot en un paraje solitario, más allá del puente del tren, no lejos de Sabugo. Trepó por el acantilado, arriba de la senda que descendía hacia la playa y esperó, esperó pacientemente, hasta que oyó el ruido de los pasos sobre la tierra gredosa.
Lucía recibió la confesión de su hermana y vislumbró con horror aquellos turbios sucesos que lastimosamente marcarían sus vidas. Los detalles escapan al cronista, pero lo cierto es que Juan García Martínez, Mayor del Ejercito Franquista, acaso con abuso, mantuvo relaciones íntimas con la mayor de sus sobrinas, por entonces de 16 años. Finalizada la contienda en 1939, quizá por la mala conciencia que aquel proceder le acarreaba, Juan ayudó a las tres mujeres a pasar la frontera, para reunirse con su hermano fugitivo. También les procuró dinero para la travesía del mar.
Hacia 1972, en Buenos Aires se vivían tiempos difíciles. Cuando Pepa enfermó, antes de morir le agradeció a su hermana haber compartido aquel ultraje secreto, que tanto apocara su vida. Fue enterrada junto a su padre y su madre, en el cementerio de la Chacarita.
Lucía vendió cuanto tenía y se mudó a una quinta, por el lado de Baradero. Allí pasaba sus días en monótona soledad, hasta que un amanecer cualquiera, desvelada, ansiosa, con el trinar de los zorzales retumbando en sus oídos, tomó la siniestra decisión de contratar un sicario.
El tipo del impermeable azul le apuntó al hombre casi viejo, de bigote gris y saco de cuero, quien recibió la bala en el medio del pecho y murió, sin darse cuenta de lo que sucedía. El otro bajó de su escondrijo, tomó al finado por las axilas y lo arrojó al mar, cuyas olas batían contra las rocas, veinte metros más abajo.
En ese instante terrible, del otro lado del océano, precisamente en Baradero, Lucía exprimía unas naranjas, bajo la parra, rodeada de unos perros que dormitaban al arrullo de la rueda del molino, que apenas giraba movida por la brisa. Una sensación de paz la invadía…
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