domingo, 29 de abril de 2012


Servidumbre o ciudadanía


Si los pueblos no se ilustran, si no se divulgan sus derechos,
 si cada hombre no conoce lo que puede, vale y debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas
 y será tal vez nuestra suerte, mudar de tiranos sin destruir la tiranía".
                                                                        Mariano Moreno


 Asistimos a un proceso político degradado, y en esa degradación, las instituciones van paulatinamente reduciéndose a ínfimos metabolitos, meras cáscaras vacías, que acaban parodiando el necesario equilibrio de poderes que constituyen la esencia de una república.
El poder legislativo, emanado del sufragio, pero embozado en las sospechosas listas sábanas que permiten el ingreso de representantes adocenados, ágiles en levantar las manos para apoyar cualquier decisión del poder ejecutivo, sumen en el mismo lodo a legisladores del oficialismo y de la oposición, excluyendo a los pocos que haya que excluir.
También la justicia ha sufrido la carcoma de estos tiempos. Es un mero instrumento al servicio de los que mandan, asegurando impunidad para los latrocinios de los poderosos y sujeción para los que obedecen. Es un abominable ejemplo del privilegio de pocos aceptado por el servilismo de muchos. La separación de los magistrados que investigaban las trapisondas del tristemente célebre vicepresidente Boudou, es un tilde que ennegrece a los tribunales.
La expropiación de la mayoría accionaria de YPF, propiciada por los mismos que lucraron con su remate, su vaciamiento y el posterior derrumbe, y que ahora vociferan orgullosos, ocultando sus inmorales dobleces, es apenas una muestra de la decadencia política que nos aqueja. Disfrazan con grandes palabras, alusivas a la soberanía energética, los turbios negociados de ayer y de hoy. Carente de oposición, el debate legislativo es una engañifa y la sanción de las leyes un mero trámite de escribanía.
Digamoslo bien fuerte: YPF jamás debió excluírse del patrimonio nacional. Que lo sepan quienes hoy entre gallos y mediasnoches la incluyen y que ayer desvergonzadamente la desguazaron.
La demagogia (del griego δῆμος -dēmos-, pueblo y ἄγειν -agein-, dirigir) es una estrategia utilizada para conseguir poder político. Consiste en apelar a prejuicios, emociones, miedos y esperanzas de las masas para ganar apoyo, con el uso abusivo de la retórica y la propaganda. Aristóteles definió la demagogia como una “forma corrupta o degenerada de la democracia” que lleva a la institución de un gobierno tiránico.
Grandes sectores del electorado, embriagados de oportunismo cortoplacista, no vacilan en sacrificar el porvenir a cambio de abalorios. Opulentos que compran y necesitados que se venden, resumen en la argentina de hoy la antítesis del pensamiento de Rousseau.
Una vez más, desde la cima se simula salvar a la patria, una vez más se convoca a las juventudes para sostener con sus ímpetus los fines inconfesables del gobierno. Y mañana, a la hora de pagar las cuentas, como siempre, nadie, ni privilegiados ni serviles, se harán cargo de los errores cometidos. La frustración interior y el descredito extramuros serán las primeras consecuencias de la renuncia a las responsabilidades cívicas, pero no las últimas.








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