Decía el filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955): “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral.”
Es útil recordar en estos tiempos presentes a aquellos que vieron nuestro país con ojos críticos y lúcidos y estamparon aquel famoso apotegma: ¡Argentinos a las cosas!
¿Y cuales son esas cosas trascendentes, que no podemos omitir, a precio de quedarnos empantanados en el atraso y el subdesarrollo de nuestras capacidades potenciales?
La primera de ellas es darse cuenta de la realidad que vivimos, con sus aspectos negativos y la necesidad de cambios.
Otras, entre muchas, son recuperar la cultura del trabajo, el respeto a la ley y al orden que ella impone, la convivencia civilizada entre argentinos, el respeto al prójimo, a la diversidad de ideas y al pensamiento plural.
En la actualidad, se pretexto de adscribir al denominado progresismo, se ha olvidado la verdadera noción de progreso, sin ismos, que es lisa y llanamente la educación general, la pacificación social, y la creación de trabajo y riqueza para luego ser distribuido según las necesidades.
También en aras de definirse como populistas, algunos sectores han olvidado lo popular, que es el conjunto de las fuerzas sociales que conforman el pueblo de la patria y no un mero sector de él, minuciosamente disecado para utilizarlo como bandera y cobertura de fines inconfesables, tales como la manipulación de la historia con relatos mentirosos, tendientes a confundir a la opinión pública, en espacial a los más jóvenes.
Decía el General Perón que los pueblos, como el pescado se pudren por la cabeza. En este estado de descomposición nacional al que nos han conducido, es imprescindible recuperar nuestra identidad de argentinos, alejándonos de las peligrosas categorizaciones de izquierdas y derechas que pululan aquí y allá, pretendiendo desdibujar un hecho histórico irrevocable: Las denominadas derechas e izquierdas han causado males inconmensurables a la humanidad y han fracasado por doquiera que se las ha encumbrado.
El Stalinismo
Los sucesos que se iniciaron durante la revolución bolchevique de noviembre de 1917, cercenaron la posibilidad de que surgiera una república democrática en Rusia tras la abdicación del Zar Nicolás II.
Ya con el liderazgo de Vladimir Ilich Lenin se fueron dibujando los principales rasgos de lo que habría de ser la Unión Soviética, en la que se fueron acallando a punta de bayoneta todas las formas de expresión de la sociedad civil y del pluralismo político, comenzando así la militarización y la centralización de la economía, bajo la tutela implacable del estado. Se acentuaron las tendencias autoritarias ya existentes durante el zarismo, un régimen que pretendió unir el absolutismo político y el desarrollo de las fuerzas capitalistas.
Trás la muerte de Lenin, se inició una cruenta lucha por el poder. De ella emergió Stalin como líder absoluto e intérprete inapelable de la doctrina marxista-leninista. Durante su dictadura sin límites, los organismos de seguridad interna rivalizaron con el ejército y el partido, cada uno buscando los favores del omnímodo secretario general. Bajo su puño de hierro, se estima que murieron unas veinte millones de personas, víctimas de sus políticas de reforma agraria, industrialización, purgas de supuestos “enemigos de clase” y “complots” contra la construcción del socialismo en la URSS.
Stalin perfeccionó el sistema leninista, el cual consistió básicamente en trasladar al partido, los mismos métodos terroristas que el leninismo reservaba para los enemigos de clase. Lenin no mandó fusilar a sus compañeros del comité central como haría luego Stalin, pero se empeñó bien a fondo en ordenar la violencia sistemática contra los adversarios. Y el terror (“¡Ahorcad, ahorcad, ahorcad!”) no fue ni mucho menos una figura retórica, sino una consigna de obligado cumplimiento.
En lo que concierne a las derechas, tampoco el siglo pasado nos ha ahorrado ominosos ejemplos, tales como el fascismo y el nazismo.
El Fascismo
El fascismo es una ideología a la par que un movimiento político surgido en Europa luego de 1918. El término proviene del italiano fascio: Varas. Las varas unidas significan que "La unión hace la fuerza", puesto que es más fácil quebrar una vara sola que quebrar un haz de varas.
El proyecto político del fascismo consistía en instaurar un corporativismo estatal totalitario y una economóa dirigista, mientras que en su base intelectual planteaba una sumisión de la razón a la voluntad del líder o duce. Era un nacionalismo extremado cuya herramienta fue la violencia contra aquellos a quienes se definía como enemigos por un eficaz aparato de propaganda.
El fin de la Primera Guerra Mundial dejó a Italia inmersa en graves daños sociales y económicos. Perecieron 700.000 seres humanos hombres, infinidad de industrias quedaron inutilizadas y la elevada deuda exterior degeneró en una inflación incontrolable. Los acuerdos de paz fueron decepcionantes, con la entrega a Italia del Trentino, Trieste e Istria pero no de Dalmacia y Fiume, como se habia acordado en el Tratado de Londres (1915). La inestabilidad política y las tensiones sociales por la crisis prepararon el advenimiento del fascismo de Mussolini al poder.
El nazismo
Tras la abdicación del káiser en 1918, se proclamo la república que estableció su capital en la ciudad de Weimar. La derrota en el plano militar impuso a Alemania duras condiciones de paz. Los años de posguerra fueron tiempos de crisis económica y miseria. y paro que abonaron el advenimiento de Hitler al poder. Admirador y émulo de Mussolini, en 1920 fundó el partido Nacionalsocialista de los Trabajadores de Alemania. Y en las elecciones de 1932 el partido nazi obtuvo 13 millones de votos y el presidente Hindenburg nombró a Hitler canciller.
El resto es historia conocida. La formación del eje totalitario (Italia, Alemania, Japón) y luego la intolerancia, la persecución de opositores, el genocidio, el crimen de la guerra y la muerte de 100 millones de personas, en los campos de batalla, en las ciudades hambreadas o bombardeadas con bombas comunes o nucleares.
Los años 70 en la Argentina
La dictadura militar que surgió con Onganía y concluyó con Lanusse a mediados de los años ´60, dio origen a una resistencia cívica y de grupos algunos armados que culminó con el retorno de Perón a la Patria y la instauración de un gobierno democrático.
Sin embargo, las facciones guerrilleras (Montoneros-FAR-ERP) no depusieron las armas y se empeñaron en hostigar al gobierno popular. Esos sectores de izquierda, que utilizaron la violencia armada para su proyecto de conquistar el poder, no eran ni maravillosos, ni filántropos ni héroes. Eran criminales violentos que con su furia asesina abrieron el cauce a la represión de la derecha fascista, que generó el golpe de estado, la caída del gobierno democrático y el baño de sangre que tiñó la historia reciente del país.
En medio de ambas bandas de forajidos quedó prisionero el pueblo argentino.
1983-2011
Recuperada la democracia, asistimos desde hace algunos años a una deliberada falsificación de la historia, por parte de quienes se enriquecieron a la sombra de una seudo defensa de los derechos humanos, utilizando la mentira o la asociación ilícita como precisos mecanismos para la conquista del poder, cuya persistencia conlleva una corrupción creciente y el deterioro de las instituciones republicanas, reavivando viejos antagonismos de izquierdas y derechas que tanto mal le han hecho al país.
Han pergeñado un relato apócrifo, para desdibujar la historia, y así poner patas arriba tanto el pasado remoto como el reciente.
Es preciso recuperar el timón de la Argentina y desarrollar todo el potencial de crecimiento que guarda en su interior, en un clima de paz, de orden y de trabajo, único modo de lograr la grandeza de la patria y la felicidad del pueblo
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